República Bolivariana de Venezuela es temporal.

A Vanessa Davies, con respeto inesperado y seguramente inmerecido.
Cónsono con el estilo general del entorno oficialista, Vanessa es prepotente, antipática, agresiva y autoritaria. Pero todavía conserva la capacidad de hacer preguntas interesantes, reflejo de periodista que podría, tarde o temprano, causarle los mismos problemas que a Vladimir Villegas.
Recientemente le escuché inquirir a un personero del gobierno lo siguiente: “Hay gente que no acepta que la educación sea bolivariana, bien porque no le gustan las ideas de Bolívar o porque les parecen anticuadas, o por cualquier otra razón… ¿Qué les respondería usted a estas personas?” Buena pregunta. Recoge, como debe hacerlo un buen periodista, las inquietudes de la calle. Yo sólo escuchaba el programa, y por eso no sé si el entrevistado puso cara de ponchado en el noveno, con tres en base y perdiendo por dos carreras, o más bien de sobrado y satisfecho cuando respondió: “Eso es como cuestionar que el nombre de nuestro país sea República Bolivariana de Venezuela”.
¡Carajo! Eso mismo es… No hace falta decir más.
República Bolivariana de Venezuela. Uno se pregunta por qué demonios a nuestro país le tocó llamarse así. Me recuerda los extraños nombres compuestos que están tan de moda: Ernifer, Yamirena o Carliguño. Y por otra parte es asombroso que sólo se nos haya ocurrido a nosotros, ocurrentes pobladores de la Pequeña Venecia (¿Será que tener un nombre derivado nos marcó para siempre?) ¿Por qué no existe también una República Bonapartiana, o Washingtoniana? Al fin y al cabo, esos señores también tienen su estatura y su porte para lo histórico, por más retacos o desdentados que fueran.
Pero el asunto es que, ni mucho menos, a ningún tipo de educación se le llama Cesariana o Cromweliana. Ni siquiera se le pone el nombre de los grandes pensadores de la educación. Uno puede conseguir instituciones que honran sus nombres, estilo “Colegio Montessori” o “Liceo Simón Rodríguez”, pero a nadie se le ha ocurrido bautizar todo un sistema educativo como roussoniano o freiriano, por mucho que sus ideas contribuyeron enormemente con el debate educativo. A nadie se le ocurre tamaña estupidez sencillamente porque, precisamente, lo que hicieron esos grandes hombres fue un aporte para la pedagogía, es decir, la reflexión acerca de lo educativo, sin pretender totalizar, sin quererse exclusivos, perennes o definitivos.
Claro, para entender las sandeces de los que nos gobiernan, hay que juntar las piezas. Navarro, nuestro flamante ministro de Educación lo dijo muy claro: al final del proceso educativo tenemos que lograr obtener muchos Huguitos Chavecitos a partir del maleable material infantil que entra todo amorfo y capitalista en las escuelas.
Así lograremos, con un cambio mínimo, que el nombre de nuestro país, por ahora poco inclusivo, se transforme en un universal: República Chaveciana de Hugosuela.
Manual de Retórica Oficial

Queridos súbditos: A fin de garantizar la hegemonía de nuestra oratoria manteniendo unidad de propósitos a la hora de contestar a cualquiera que critique mi gloriosa gesta, o la de aquellos de ustedes que forman parte del egregio equipo que yo he conformado con sabiduría inobjetable, aquí les envío algunos consejos que deben ser seguidos al pie de la letra: 1. Acuse al otro de lo que éste lo acusa a Ud. Devuelva rápidamente la lanza al campo enemigo diciendo: “Aquí el único culpable de robarse los dineros de la plebe eres tú”. 2. Acuse al otro de cualquier otra cosa que esté pasando. Si no sabe nada de aquello de lo que le acusan, hable de un tema que todos conozcan, y culpe a su acusador de ello. Diga: “Yo no sé nada de aldeas quemadas, lo que sí sé es que tú estás metido hasta los ijares en el caso de las meretrices enfermas de vicio inglés” 3. Acuse al otro de todo lo que está pasando en el Reino. Líguelo a una conspiración sideral de los realistas, los ostrogodos, los herejes y los ateos. Afírmelo como líder del movimiento para restaurar el Caos Originario. 4. Acuse al otro de sufrir reblandecimiento cerebral. Insinúe que sus acusaciones son delirios de la fiebre, paranoias provocadas por los pasquines subversivos, disparates provocados por el cambio de luna. 5. Insulte al otro. Pero utilice su ingenio para hacerlo, busque el punto donde más duele. Si el otro es un cura, acúselo de haber traicionado a Cristo. Si el otro es maestro, acúselo de no haber leído nunca un libro. Si el otro es un juez, acúselo de ciego y vendido. Si el otro es un soldado acúselo de ser miedoso. Si el otro es mujer acúsela de meretriz. Si el otro es un niño acúselo de no saber jugar. 6. Afirme la imposibilidad de que esté ocurriendo cualquier cosa que el otro denuncie. En la misma oración añada que el otro tiene la culpa de que eso esté pasando. En pocas palabras: “Eso no está pasando y pasó por culpa de ustedes”. 7. Desprestigie las instituciones a las que pertenece o las que apoyan a todo aquél que nos ataque. Las instituciones son imaginarias y no saben defenderse. 8. Hable siempre en tono sarcástico y peyorativo. Haga de ello su estilo y no lo abandone nunca, para que la sorna se haga piel. Y cuando hable del otro empiece siempre burlándose de sus defectos: de su calvicie, de su vejez, de sus dientes amarillos, de sus grandes orejas, del color verdoso de su piel, de sus pies enormes, de su baja estatura, de sus borracheras constantes, de su voz aflautada, de su vicio inglés. 9. Exagere los defectos del otro. Caricaturícelos, haga chistes vulgares de ellos, compárelos con animales pérfidos como la rata, la cucaracha, la serpiente y la hiena. 10. No responda jamás las preguntas comprometedoras. Desvíe la conversación insultando a alguien propicio. Incluso, si no se le ocurre nadie mejor, insulte al escribano o al bufón de palacio. Ellos también son abstractos, y no se quejan. 11. Hable siempre desde una postura de superioridad moral y suponiendo la inmoralidad del otro. Diga siempre: “Todos celebran los altísimos valores del ideal supremo que representa nuestra gesta…” y luego añada: “todos conocen la bajeza, la moral rastrera y los intereses malignos de nuestros enemigos…” 12. No intente exagerar mis virtudes porque siempre se quedará corto, y pasará usted por crítico. Cuando quiera hablar de mí, simplemente diga: “El Supremo Líder…”, “El Altísimo…”, etc. Aténgase a este guión y conserve su cabeza sobre los hombros.
MÍNIMAMENTE

Se que tienes miedo
puedo verlo en la merma
en la mirada sin destino
en tus manos frías y sudorosas
que no se están quietas
en tus oraciones sin punto
que dicen sin decirte
No es que de ti dependa todo
no quiero asustarte más
la culpa es compañía
Solo te pido que estés atento
que utilices tu miedo
de máscara y parapeto
que aguardes el momento justo
en el que el monstruo esta descuidado
tratando de mantener el equilibrio
siempre precario
entre borde y abismo
al que se acerca por necesidad
y sobre el que se mantiene
por nuestro titubeo
En ese instante que llega
cíclicamente
para cada cual
breve y conspicuo
osa
un pequeño gesto
del meñique
(que se repetirá
mil veces mil)
rozando apenas
las escamas
y el embrujo
eso
lo hará tambalear
y cambiará el orden.
La Cuadratura de la Arepa

No existe un Gran Líder sin manías. Yo no soy la excepción.
Mi obsesión son los títulos. Me gustan sobre todo aquellos que me acercan a Dios.
Ya me he ganado el de Sapientísimo, como resultado de los arcanos prácticos que parecieran guiar mis decisiones.
Recientemente me gané el de Eterno, con la victoria en el plebiscito que me permite estar al mando de todo el Universo Mundo por el resto de mis días, que les aseguro, serán muchos.
Pero sigo luchando por el de Omnipotente. Este se me ha hecho elusivo y son muchos los que se niegan a hincarse ante mí.
Dicen de mi pueblo que “es como un cuero seco”: lo pisas por un lado y se levanta por el otro. Pero yo lo estoy engrasando, por un lado, por el otro, pacientemente, usando un cebo milagroso y antiquísimo, que unto con mis propios dedos: la mentira.
El cebo es un placebo. No existe, no unto nada, solo paso mis dedos por encima del cuero seco, pronunciando palabras indescifrables de un mensaje completamente vacío. Pongo los ojos en blanco, me contorsiono y grito, echando espumarajos por la boca. Hago sacrificios sangrientos, predigo un eclipse. Todo lo necesario para que entiendan mi poder sobre las fuerzas sobrenaturales. Les ilustro con un ejemplo:
Cuando todo va mal y el pueblo pasa hambre, la arepa, Pan del Maíz Originario, se encarece, y en vez de redonda, como debe ser, figura perfecta que no tiene principio ni fin, que siempre está, que nunca falta, ni de día con el sol, ni de noche con la luna (si mengua es la arepa compartida, o la empanada, pero esa es otra historia), entonces la arepa, se pone cuadrada, pierde su forma, se limita, se pone borde. Y el pueblo se enardece. Un pueblo enardecido nunca es bueno.
¿Qué hago yo? ¿Me devano los sesos buscando estrategias para producir más Maíz? ¿Pago a los hombres de ciencia para que inventen nuevas formas de cultivar más y mejor Maíz? ¿Mejoro los caminos para que sea más fácil transportar el Maíz? ¿Refuerzo la vigilancia y la prevención para que no se roben el Maíz? ¿Trato de invocar, en complicados ritos ancestrales, a los dioses de la lluvia para que se acabe la sequía y crezca el Maíz? ¿Me rebajo a pedir ayuda a otros reinos que tengan Maíz, buscando alianzas, pactando para buscar soluciones? ¿Ensalzo a los mercaderes para que traigan más Maíz? ¿Educo a mi pueblo para que cuide el Maíz y aprenda a multiplicarlo? No, no, no y no. Todos estos métodos implican una carencia. Hay métodos menos cansones y más efectivos, que me dejan tiempo libre para la adoración:
Le pongo un precio fijo a la arepa y pongo preso al que no quiera venderla a ese precio. Sanseacabó.
Todos dirán, incluyendo la historia y la gloria, que lo de la cuadratura de la arepa era un gran problema, y que yo, por lo menos, lo solucioné.
Omnipotentísimo.
El Ataque a la Upel de Maracay (contado desde adentro)

Saben que en lo que escribo trato de utilizar un estilo moderado. Pero en esta ocasión espero que sientan la crispación de mi relato, porque viene de adentro, del ultraje vivido, y eso no se puede contar con cabeza fría.
Alrededor de las 4 de la tarde del día jueves 05 de febrero, los profesores que trabajábamos en las jornadas de transformación curricular vimos correr a todos los que se encontraban frente a las ventanas, en carreras desordenadas como de aquel que no sabe si buscar refugio o escapatoria.
De inmediato abandonamos nuestra tarea, y al salir del salón donde nos encontrábamos, entre los gritos de alarma, pudimos escuchar las explosiones sordas de los niples y las más secas de las bombas trifásicas de “gas del bueno”. Algunos decidieron escapar de inmediato por la puerta trasera del instituto, otros corrimos hacia la entrada, y allí pudimos sentir de cerca el caos.
Los portones de la entrada delantera de la Upel estaban cerrados. Del lado de adentro un grupo de estudiantes lanzaba piedras hacia fuera, donde se encontraban, lado a lado, juntos en una sola formación, unos 30 policías motorizados y unos 50 individuos ataviados con franelas rojas con el lema “Dile Sí a la enmienda”. Este batallón (tal como le gusta llamarlos nuestro presidente) lanzaba tanto piedras como bombas lacrimógenas hacia dentro del recinto universitario. Aclaro: los policías, al lado de los Franelas Rojas y junto con ellos, tomaban piedras del suelo y las arrojaban hacia adentro, y después salpicaban la acción con gas del bueno, para crear ambiente.
Súbitamente, al batallón atacante se cansó el jueguito inocente de toma y dame, y decidieron dar un paso al frente. Los policías embistieron los portones con sus motos, y una vez que los goznes cedieron, los Franelas Rojas se encargaron de terminar de derribarlos, encaramándose sobre ellos entrando con piedras en las manos, furia desencajada en el rostro y apoyo policial en la retaguardia. La escena me recordó, no sé por que, al Planeta de Los Simios. Quizá por la agresividad animal, y que me perdonen los gorilas, que suficientes ceniceros han puesto a la causa de los derechos de los animales.
Todos los que estábamos enfrente de la escena tuvimos de nuevo la confusa disyuntiva: ¿Buscar una salida o refugiarnos? Desafortunadamente, unas 50 personas decidieron entrar al edificio de la Dirección del instituto. Fui de los últimos en entrar, y detrás de mí, a tan sólo 10 metros, pude ver el unísono salvaje de la horda. Cuando cerramos las rejas de metal del recinto comenzaron a llover las piedras y las bombas lacrimógenas. El estado de sitio comenzaba.
Durante por lo menos 1 hora estuvimos atrapados dentro del edificio. Los Franelas Rojas lo rodearon por todos los flancos, y la lluvia de peñones y bombas lacrimógenas contaba la historia de un ataque muy bien planificado, con relevo estratégico de municiones y organización terrorista perfecta. El ataque intenso no dejó ventana ilesa. Los computadores de las oficinas, fueron, afortunadamente, los únicos que dejaron su alma de unos y ceros como víctimas fatales. Pero la intensa nube de gas mostaza y la rabia psicopática de los atacantes nos hizo temer por nuestras vidas. Asfixia o contusión podrían haber sido las conclusiones forenses. Sin embargo, en los espíritus, no era el pánico el que cundía. Indignación, asombro e impotencia eran las emociones más fuertes. El celular, instrumento tecnológico maravilloso para los desesperados, nos sirvió para ponernos en contacto con los seres queridos, para que compartieran nuestra zozobra, sobre todo cuando nos preguntaban qué podían hacer por nosotros… Ese era el quid del asunto: si la policía estaba ahí mismo, a 10 metros de la agresión infame ¿Quién podía ayudarnos? Desesperados, como quién espera un mal resultado que no tarda en llegar, nos desplazábamos por los pasillos, entrábamos en las oficinas despanzurradas, subíamos y bajábamos escaleras, como ratones de un triste experimento.
Cuando sentimos disminuir el tronar de las rocas nos acercamos a las ventanas, y vimos a los Franelas Rojas retroceder lentamente, la expresión de furia salvaje trocada en sonrisa satisfecha. Salimos rápidamente del edificio y los vimos alejarse tranquilamente de la universidad, mientras lanzaban las piedras que le quedaban sobre los autos que estaban a su paso (unos 15 carros quedaron seriamente dañados), abandonar la universidad por la puerta grande, bajo la mirada orgullosa de los policías apostados delante de ellos.
El resto ocurrió con milimetrada precisión. Apareció un autobús en el que se subió la horda y partió con cánticos de júbilo. Los policías arrancaron justo detrás de ellos, y dos minutos después, la Avenida Las Delicias, que había estado cerrada hasta ese momento, se llenó de automóviles que pasaban delante como si nada hubiera ocurrido.
Miembros de mi familia, chavistas ultra, me explicaron lo ocurrido con los siguientes argumentos, (que quiero tratar de desmontar, porque supongo que serán los mismos que utilizará el gobierno):
- Los Rojos son miembros de la ultraderecha-radical-pitiyanqui-imperialista golpista-oligarca-burguesa-puntofijista-puertoriqueña-fascista, que quieren sembrar el caos en el país para evitar la victoria aplastante del Sí. Bueno, digamos que esto pueda ser cierto (con mucha imaginación sesgada por el fanatismo ideológico). Pero hay algo que no cuadra aquí… ¿Cómo pueden haber hecho lo que hicieron (su plan para sembrar el caos en el país) bajo la mirada complaciente de 30 policías fuertemente armados, a las órdenes del Teniente Isea?
- La policía no pudo hacer nada porque no pueden violar la autonomía universitaria. Aquí también hay un problema. ¿No es violar la autonomía universitaria tumbar el portón de la entrada? ¿No es violar la autonomía universitaria lanzar piedras y bombas lacrimógenas codo a codo con las hordas de Franelas Rojas?
- La policía no intervino porque era un asunto entre estudiantes. No, tampoco me cuadra. ¿Puede un policía observar un crimen, donde sea que esto ocurra, y no detener a los que lo cometieron, por lo menos para preguntarles por qué son tan malitos? ¿Puede un policía abandonar un lugar donde se cometió un salvaje atropello sin siquiera preguntar si alguien necesita ayuda, sin solicitar un permiso de entrada para recoger evidencia de lo ocurrido?
- En última instancia, al Gobierno Bolivariano no le conviene la violencia en un período electoral, por tanto, no tienen nada que ver con el ataque. No me hagan reír que tengo el labio partido. El lenguaje de nuestro presidente es lenguaje de guerra (la palabra “guerra” dicen los analistas del discurso que hacen la inimaginablemente insufrible labor de estudiar la verborragia del presidente, se repite un poco más que la palabra “yo”, cosa que, en un ego tan hipertrofiado, es asombrosa). Yo no creo que sea un problema de conveniencia, sino un problema de estilo. Al presidente le interesa bien poco los resultados electorales, las “victorias de mierda” que pueda alcanzar la oposición. Lo suyo es la hegemonía del poder a través del abuso, la agresión, la violación y el terrorismo de Estado.
Como les dije, la cosa no iba suave. Perdón por el asco.
El límite como equilibrio.

Soy de los que cree en la búsqueda de equilibrio como un objetivo de vida.
Este equilibrio no es apatía ni indiferencia, aunque en algunas ocasiones puede que estas quietudes puedan ser útiles, sobre todo para demostrar que no nos interesan las opciones que se nos ofrecen.
Pero con mayor frecuencia, la búsqueda del equilibrio implica una acción decidida. Una acción que compense la inercia natural de los sistemas. Una acción que contrarreste la tendencia fácil a instalarse en un extremo y dejarse llevar.
Las acciones que tienen el equilibrio como meta son complejas. Exigen prudencia, sabiduría y serenidad para ser pensadas y ejecutadas. Es mucho más fácil instalarse en un extremo absoluto, en una verdad inapelable, y no tener que pensar tanto.
Por ejemplo, Aristóteles planteaba que las decisiones virtuosas deben apuntar a un justo medio, un punto de equilibrio, evitando los extremos, siempre perniciosos. Así, el valiente no debe dejarse paralizar por el miedo, pero tampoco debe actuar temerariamente, arriesgando inútilmente su vida porque no siente ningún miedo. El valiente siente miedo, pero lo controla, mide los riesgos, escoge una estrategia para evitar los peligros, y le dice No a los extremos.
Otro ejemplo lo tenemos en la fuerza vital que nos impulsa, la cual, como diría Spinoza, se expresa en mayor grado cuando logra encontrar su ritmo único en un equilibrio entre las fuerzas que nos son contrarias y las que nos favorecen. Para realizarnos, para perfeccionarnos cada vez más, debemos entender las fuerzas que quieren perdurar por sobre nosotros y decirles No.
También podemos escuchar a Hegel, que planteaba que la historia avanza cuando se alcanzan equilibrios, que consisten en nuevas propuestas que recuperan lo bueno de las ya establecidas, y cambian lo que en ellas no funcionaba. Estas nuevas propuestas pasarían a su vez por el mismo proceso de renovación. A una propuesta que quiere ser eterna, sin cambios que ofrezcan nuevas perspectivas superadoras, hay que decirle que No.
El problema es que no podemos confiar siempre en nuestro buen juicio para ejercer este poder de equilibrio. Sobre todo cuando el asunto concierne a más de uno. No siempre queremos o podemos ponernos de acuerdo en lo que es justo, en lo que nos conviene.
Sólo basta imaginar un partido de fútbol sin árbitro, en el que los equipos tengan que decidir, según su buen juicio, cuando hay falta, o penal, o gol.
O quizás a un niño, al que, para no coartarle su libertad, nunca se le marcan límites. O peor aún, a un adulto, al que se le dice que solo su deseo marca el límite.
De ahí que hayamos optado, desde hace mucho tiempo, por promulgar leyes que regulan la convivencia y apuntan a un equilibrio.
La misma naturaleza lo hace. Ya lo decía mucho tiempo atrás Heráclito: la realidad está dada por una lucha de contrarios en un ciclo interminable, que alternan obligatoriamente, y nunca predominan totalmente el uno sobre el otro. Es la ley del día y la noche, de las estaciones, de lo que sube y vuelve a bajar.
Es por eso que, aunque la política no nos interese, y sintamos que no tiene nada que ver con nuestras vidas cotidianas, debemos asegurarnos de que eso continúe así, amortiguando el crecimiento exponencial del poder que lo invade todo si no tiene un límite bien establecido. Para eso debemos decirle No a la posibilidad de que un bando se eternice, darle un límite de tiempo a su influencia sobre nuestro entorno, obligarlo a cambiar de dirección cada cierto tiempo.
Es por eso que, aunque los políticos nos parezcan todos iguales, debemos decirle No a su deseo, por demás natural, de querer evitar que otros tomen su lugar en el poder. Sólo el saber que su mandato tiene un límite podrá obligarlos a mejorar, a no sobrepasarse, a no abusar.
Es por eso que, aunque no nos guste ninguno de los bandos en pugna, debemos decirle No a las pretensiones de hacer más difícil la alternancia que exige toda democracia. Sólo el saber que tendrán que dejar el poder a otros los obliga a concertar, a buscar soluciones que convengan a todos, a pensar proyectos que convenzan, y por tanto que puedan perdurar en el tiempo, esté quien esté en el poder.
Es por eso que, aunque nos guste lo que hace el bando que tiene el poder, debemos equilibrar la ventaja que posee y favorecer leyes que lo obliguen a dejar paso a otras voces, a otros planes, a otras expresiones; diciéndole No a sus deseos de romper con los ciclos naturales de alternancia. Incluso si queremos que este relevo venga de las mismas filas del equipo que preferimos, sólo el saber que alguno de ellos tiene oportunidad para llegar al poder los obliga a trabajar mejor, para prepararse y para ganar los méritos necesarios. Los obliga incluso a exigirle a sus líderes que lo hagan bien, para que tengan más chance de sucederlos en el poder.
La alternabilidad no es un castigo, no es una punición por haberlo hecho mal. Es una oportunidad para el otro, es una garantía de rendición de cuentas y esfuerzo por hacer las cosas bien desde el principio, sin contar con infinitas oportunidades para lograr lo que uno se propone. La eternidad y la inmutabilidad son sobrenaturales. La alternancia cíclica es lo propio de lo vivo y por eso tiene leyes inquebrantables.
Es por eso que debemos decirle No a la muerte de la democracia.
Usted no es el héroe inmortal.

No es un gran problema que un presidente quiera salvar el mundo, acabar con el mal, atrapar a los malos, rescatar víctimas y hacer que reine la paz.
El problema es cuando quiere hacerlo solo.
Y sobre todo cuando lo que le quita el sueño es que su nombre se llene de gloria y su figura pase a la historia. Querer hacerse leyenda te deshumaniza.
En Venezuela pasa con mucha frecuencia. Casi todos sus presidentes se mueren de envidia con Bolívar, y tratan de ganarle en la competición histórica. Les pesa muchísimo ese referente, la figura simbólica del héroe nacional que quisieran poder eliminar, para después poder casarse con la Patria y hacerle muchos hijos-hermanos que se parezcan todos al Presidente.
Si usted quiere ser el próximo presidente de Venezuela trate de alejarse de esa actitud. Empiece por lo más fácil: elimine de su vocabulario electoral las palabras "gesta", "batalla", "gloria personal", "enemigo": recuerde que usted no es un héroe y la presidencia no es una guerra. Luego trate de superar su Edipo: deje de lado el uso de adjetivos posesivos subrayando la importancia de su ego; así como las referencias a la gente como si fueran de su propia familia: "mis hijos", "mi sangre", "la gran familia venezolana". Y por supuesto, deje de lado el nombre del Padre. Siéntase orgulloso de sus ancestros sin utilizarlos de muletilla. No chantajee a los demás con eso de que tenemos un antepasado común, que fue un héroe, y que usted piensa reencarnar.
Usted no va a estar en ese puesto para enfrentar dragones o molinos de viento. Usted está ahí para organizar. Para escoger un gran equipo y construir una unidad de propósitos. Para alcanzar resultados que son de todos y que son el resultado de un esfuerzo conjunto y concertado.
Un héroe trabaja sólo y es por eso que depende de facultades sobrenaturales para lograr sus objetivos. Pero usted, que quiere ser un gran presidente, no puede cometer el más grave de los errores: la soberbia. Creer que posee habilidades que lo colocan por encima de los demás mortales, y que por tanto no los necesita.
Por que ellos no comprenden lo que usted es capaz de hacer y no sabrán agradecer el inmenso sacrificio que hace por ellos.
El verdadero héroe es aquel que aglutina los dones y los deseos de una multitud, y sus proezas son tan sólo el resultado de una constelación de voluntades cotidianas.
El Año que no pasa.

Yo, el Gran Salómón, el rey filósofo, les ordeno que de resultar vencido en el plebiscito, no inunden las calles con su llanto.
Entiendo que les parezca imponerle un eclipse al sol. Entiendo que sientan que les carcomen las alas con una máquina lijadora. Entiendo que el agua que beben no pase por sus gargantas y sin embargo los ahogue. Entiendo que sientan el abismo, la tormenta, el cataclismo.
Pero siempre estaré en el poder. El próximo soberano lo escogeré yo, y yo seré su mano derecha. Y yo seré su mano izquierda. Y yo su cerebro. Y seré yo quien pregone en cada plaza y en cada hogar, encadenado a sus vidas. No los dejaré solos con sus dudas, jamás y nunca.
Yo vine para quedarme. Con su ayuda o sin su ayuda.
Reciban este año como el año de la continuidad sempiterna.
El Argumento Bolívar.

En la discusión acerca de la posibilidad de reelegir indefinidamente al Presidente de la República acepto que el concepto de “soberanía” pudiera implicar el derecho a decidir dejar en el poder a quién lo ha hecho bien, tantas veces como esa “voluntad soberana” lo desee.
El problema es que los voceros gubernamentales (en una democracia robusta no debería ser el gobierno, y mucho menos sus adulantes los que promovieran una reforma tan delicada, que parece apuntar solamente al beneficio de su líder) pretenden que con este argumento ya confutaron todos los argumentos “oposicionistas” (que palabra tonta, Señor). Veamos cuales son los más importantes.
Uno de los más sencillos, y de los más fáciles de explicar es que ya dijimos que no a la reelección indefinida en el referéndum del 2 de diciembre del 2007. Se consultó, junto con otras reformas posibles, y todas fueron negadas ¿Por qué no se respeta en este caso la soberanía del pueblo? El planteamiento de que aquella vez la propuesta fue en bloque y esta vez es punto por punto es bastante cínico. Primero, porque la votación punto por punto fue lo que se sugirió que debía haberse en el referéndum anterior, y el gobierno se negó rotundamete, porque la propuesta era un todo, un bloque homogéneo, sistemático y orgánico que perdía sentido si se discutía por separado ¿Cómo es que ahora si se puede? La única respuesta que se me ocurre es que el Presidente, haciendo caso omiso de la “voluntad soberana del pueblo” manifestada en el referéndum, aprobó por vía de ley habilitante una parte de la propuesta de reforma, pero no pudo aprobar este “pequeño cambio”, porque la cosa no hubiera pasado tan suavemente. Y segundo, porque, cuando se llevó a cabo el referéndum de marras, el elemento más impopular (entre un 70 y un 80 por ciento de rechazo) era precisamente la reelección indefinida.
Hay en todo esto un elemento extraño, un “de aquí no me saca ni Dios” (mejorando a Mugabe), una gotita fría a lo tortura china, que no se entiende muy bien. Es decir, el Presidente nos preguntó si se puede quedar para siempre, le dijimos que no, y entonces se queda para siempre preguntándonos si se puede quedar para siempre.
Pero el argumento más importante, y el que han tratado de rebatir con muy poco tino, es el “argumento Bolívar”. Y es que es poderoso: dejar mucho tiempo a alguien en el poder genera distorsiones, la gente se acostumbra a obedecer, a considerar al líder como insustituible, y esto es muy difícil de evitar. Por otro lado, un presidente en el poder adquiere paulatinamente mayor capacidad de influencia y control de los mecanismos para quedarse en el cargo: crea dependencias, alianzas, miedos y redes; incrementa las presiones indebidas, parcializa las instituciones, debilita las disidencias con múltiples coacciones. De ahí que sea forzosa la regulación de la alternabilidad. Alternar implica permitir elecciones en las que otros puedan participar en igualdad de condiciones. Incluso dentro del mismo partido de gobierno. Alternar implica poner un límite, garantizar el respeto al principio de que en una democracia, todas las voces deben ser escuchadas, y todas deben tener oportunidades iguales de llegar al poder, y además, siempre que su objetivo no esté reñido con esa alternabilidad, y la convivencia de una pluralidad de sentidos. Precisamente, ningún referéndum podría consultar sobre la posibilidad de quitarle derecho al voto o a la elegibilidad a los negros, los oligarcas, las mujeres o a los discapacitados. Son cosas que no se discuten, porque atentan contra la democracia y su progresividad, y ninguna mayoría puede pretender esa posibilidad.
Todavía quedan muchos argumentos, como el legal (la Constitución estipula claramente que una misma reforma no puede ser propuesta dos veces en un mismo período de gobierno) y el hecho de que al gobierno le moleste tanto que la misma reelección indefinida pueda ser aplicada para alcaldes y gobernadores (refutadas mediante galimatías alrededor de la figura de unidad y totalidad), pero sería alargar mucho una discusión que, en el fondo, siento un tanto repetitiva.
Sólo queda votar NO a la “enmiendita”.
Yo soy el número.

En verdad os digo, a mi las encuestas me dan lomo.
En la lógica quiero decir. No en el sentimiento. Confieso que he vivido momentos deliciosos con la gloria de los porcentajes altos de aprobación. He matado mis peores demonios con baños de masas, con los fieles apiñados en leguas de anchas avenidas. Ahora me tengo que restringir a espacios calculados para ser llenados con viajes pagados desde y hacia la Capital. Los seguidores que van por el pan y el circo aplauden menos frenéticos a mis frases cinceladas, casi no se ríen de mi humor legendario, ninguno llora (con excepción de las viejitas desdentadas) por la emoción que provocan las anécdotas sobre los pocos reveses de mi gesta vital, y sólo babean los bebés de ocho semanas de nacidos (y si mi sabiduría no me falla, todos lo hacen a esa edad).
Pero no me asustan los rumores que me dan perdedor en el plebiscito.
Los plebiscitos los hago frecuentemente, como quien se entrena para un maratón. Mis raíces africanas originarias me aseguran el triunfo a la larga, como un guerrero Zulú, descalzo, cada fibra de mi cuerpo hecha para ser eterna, dejando atrás a los competidores que tarde o temprano desfallecen. Los plebiscitos son divertidísimos: hay gente que de verdad cree que el mundo va a cambiar y cada vez que participan en el teatro en el que les pregunto su opinión se van con la sensación de que su decisión cuenta, de que tienen el control de lo que pasa en el reino. Mi reino.
Cuando gano obtengo una patente de corzo, y la aprovecho para insultar hasta a mi madre, para vengarme un poco de las rabias que me hacen pasar cada vez que se rebelan contra la Verdad de mis designios. Meto preso a algunos, les quito propiedades a otros, quemo una imprenta, violo.
Y cuando pierdo sencillamente hago lo que me da la gana. Así todos salen ganando. El pueblo obtiene su victoria (que es solo una acumulación de la derrota final, como la del pobre Pirro) pero como es un mal ganador, se siente culpable de haberme humillado, y mira hacia otro lado cuando yo, en mi infinita sabiduría, hago lo que más le conviene a todos, y ejecuto precisamente lo que ellos suponen que me impidieron hacer. Justicia universal.
Usted no es una isla.

Los presidentes muchas veces sufren de lo que los psicólogos llaman "locus de control externo", lo que en cristiano significa no aceptar nuestra responsabilidad y echarle la culpa a la mala suerte o a la influencia de otros: el que estuvo antes, que lo hizo todo mal, o los que están enfrente que le oponen resistencia, lo sabotean y no lo dejan actuar a sus anchas, o a los que están a su lado que son unos badulaques torpes y traidores, que no siguen sus órdenes.
Esta es una pésima actitud en un presidente.
Con más razón lo es en un candidato a la presidencia. La gente, muchas veces con ingenuidad, supone que usted no va a decir una cosa antes de ganar, y hacer otra después de haber ganado. Así que concéntrese en mostrar el proyecto de país que va a construir junto a su equipo y si resulta electo, empiece desde el primer momento la mejor campaña para la reelección: sea coherente, haga que sus acciones correspondan lo mejor posible con sus palabras y obtenga resultados demostrables.
Por el contrario, si empieza desde la campaña con esta actitud de echarle la culpa de todo lo malo del país a los demás, la gente va a preguntarse cómo será cuando esté en el trono. No favorezca este tipo de juicios morales sobre su estilo de gobernar. Echarle la culpa a los demás revela un carácter abusivo y cobarde (las Señoronas de antes, cuando en medio de una reunión dejaban escapar una flatulencia, acusaban a una sirvienta a la que siempre mantenían a su lado para cargar con la culpa, y a la que se le llamaba "la pagapeo").
Empezar diciendo que el infierno son los otros es empezar avisando que no lo va a hacer bien.
No use el pasado como excusa. Nadie queda muy convencido cuando usted dice que las cosas están mal porque ya venían mal, esencialmente porque para cambiarlas se le puso en el cargo.
No hable del pasado sino para obtener lecciones de él, luego describa el presente tal como lo ve y muestre un futuro mejor, construido entre todos.
No agreda a los que se le oponen. Más bien escuche lo que tienen que decirle, y utilícelo para enriquecer su propuesta y sus acciones. Corrija, acepte sus errores, pida disculpas, discuta y defienda con ellos su punto de vista. Usted debe tener a los mejores en su equipo de trabajo, y esto sólo lo logrará si puede escoger a los mejores entre los que lo apoyan y lo adversan. Rara vez encontrará en una misma persona el talento y la obsequiosidad, el conocimiento y la genuflexión, el pensamiento autónomo y la adulación.
No denigre a los que trabajan con usted. Ellos son sus ojos, sus oídos, su boca y sus manos. Si los golpea constantemente perderán su buen funcionamiento. Tendrá ojos miopes o ciegos, bocas torpes o groseras, oídos confundidos por el caos, manos que todo lo rompen.
No se aísle.
La Neutralidad es de derecha.

La neutralidad es considerada muchas veces una mala palabra, una impostura y un imposible.
Es considerada también el parapeto detrás del que se esconde la cobardía para tirar piedras a las valientes posturas que se atreven a mostrar la cara.
De ahí que la neutralidad no pueda ser de izquierda. Un cobarde escondido, por definición, tiene que terminar siendo conservador. El sujeto de izquierda va de frente y casi siempre viste de rojo para que se le vea desde lejos. Lleva la convicción de bandera, bien en alto y defiende con agresividad la idea fija que lo define. No teme importunar, ser grosero o imponerse, porque en última instancia, lo hace por un valor superior: la Revolución.
Debe ser por esto que el historiador Eugen Weber dijo que: “…aquellos que tratan de escapar de las etiquetas son simplemente gente de derecha que todavía no han salido de una neutralidad prudente”. Si uno quiere ser bueno (es decir, de izquierda) debe ponerse su etiqueta en la frente, y ostentarla sin vergüenza. Que todo el mundo sepa que vas con todo, que nada te arredra, que eres capaz de cualquier cosa, que no dudas. La duda es imperdonable para los valientes de izquierda. El que duda traiciona.
El problema es que toda creación es inclasificable, rompe con las categorías previas, no puede ser etiquetada. Muchas veces, en el acto creativo se tiene como meta salir de las disyuntivas, de las categorías ya establecidas, salirse del molde que establece que “esto es A o B”. Claro, están los continuadores de una tendencia, que la ensanchan, la profundizan e incluso la redefinen con su trabajo. Y son muy necesarios. Pero la verdadera creación, la que provoca una ruptura, la que cambia la manera de pensar un asunto y aporta una perspectiva completamente novedosa; la creación que expresa lo impensado, no puede llevar las insignias de alguna identidad previa. En ese sentido, la verdadera creación es neutra.
La neutralidad es también una forma de los procedimientos, la cual garantiza la coexistencia de valores, y permite tras relación agónica, que prevalezca alguno de ellos sobre los otros, velando por que para lograrlo no se recurra a medios ilegales, ilegítimos, desleales o injustos. Y además, sin que se pretenda la supresión de la neutralidad, y con ella, por consecuencia, la posibilidad de que el resto de valores en pugna puedan seguir luchando por hacer de su planteamiento un discurso significante en la realidad. De esta forma, la neutralidad garantiza la pluralidad.
Existe quizás, un tipo de virtud “neutral”. Esta consistiría en un sistema de principios prácticos, de los cuales no se pretende que correspondan exactamente con ninguna situación específica, pero que sirven para la toma de decisiones. Está virtud, a la que podríamos dar el antiguo nombre de prudencia, consiste en hacer uso de un tipo de reflexión compleja en la que se utilice la mayor cantidad de actos mentales y datos circunstanciales que el tiempo de decisión permita, combinado con un análisis caso a caso, esto es, tomando en cuenta cada situación particular.
Todo esto resulta contrario a la adhesión automática que exigen ciertos grupos: partidos políticos rígidos, bandos fanatizados, hordas violentas, asociaciones irreflexivas al servicio de una ideología y de un ideólogo. De ahí que todo aquel que quiera utilizar su mente para sopesar los pro y los contra, evaluar los argumentos contrarios, aceptar la posibilidad de que varias propuestas puedan tener sentido, o buscar soluciones intermedias, todo aquel que quiera utilizar la prudencia como virtud neutra para dar cabida a la pluralidad en su reflexión, generará controversias de ubicuidad, ambigüedad y oportunismo; y será calificado de blando, traidor o hereje.
El problema estriba en que para muchos, la pluralidad también es una mala palabra. A veces desearían que todo el mundo pensara igual y no se resistieran a lo que para ellos resulta evidente. Estos “unificadores” (granitos de arena de cualquier totalitarismo) realmente no tienen bando, se mueven hacia donde apunta el poder. Pero la próxima cita viene de nuevo de la izquierda militante, esta vez representada por la hermosa Simone de Beauvoir (ver foto), que decía sin que le temblara la voz: “la verdad solo es una. El error es múltiple. Por eso no es de extrañar que la derecha defienda el pluralismo”.
Por tanto, la neutralidad es de derecha, L.Q.Q.D
El Malestar de la incultura.

Esta semana, leyendo las reseñas acerca del Festival de Cine de San Sebastián, sentí un aguijonazo en el centro de la frustración.
Reflexionando mi afección, me doy cuenta de que no es aguda, y que, como en todo proceso crónico, es el resultado de un lento y gradual deterioro.
El dolor en el costado de la satisfacción me empezó cuando me di cuenta de que no tendría la más mínima posibilidad de ver ninguno de los filmes que concursaron allí, o por las mismas, en ningún otro festival de cine donde el plato fuerte sea el cine de autor.
Claro, me dije, consolador, a uno siempre le queda la posibilidad de alquilar las películas cuando lleguen a la tienda. Pero inmediatamente me burlé de mi ingenuidad, porque la piratería acabó con todas las tiendas especializadas en el ramo, las cuales, dicho sea de paso, tampoco era que hacían mucho caso del cine más serio, y cobraban un ojo de la cara, con lo que se hacía muy difícil disfrutar luego de la película. Sólo con dos o tres buhoneros del DVD pirata, en una conocida universidad de la capital (que no voy a mencionar, no sea que los persigan por subversivos), pueden sorprenderte a veces con títulos que escapen de la persecución de carros, las matanzas indiscriminadas y los guiones de la precariedad.
De ahí, pasé a recordar que cada vez es más complicado para los organizadores del Festival Internacional de Teatro de Caracas el contar con el apoyo suficiente para llevarlo a cabo, y mucho menos para traerlo a la provincia, por lo que las ediciones son cada vez más espaciadas, y los programas regionales son cada vez más magros. Ya comienzo a extrañar esa semana que te transforma la vida con la magia de la actuación en vivo.
Si a esto se le suma las trabas para la importación de libros (porque no es un rubro preferencial para los dólares, o porque los temas no son considerados apropiados), el círculo de aislamiento se cierra.
Sólo nos queda Internet, que todavía es un medio bastante libre, y donde me solazo escuchando las radios especializadas en música académica, jazz o humor; bajando libros que sería imposible conseguir en las inexistentes bibliotecas públicas, escuchando conferencias o seminarios de los grandes intelectuales de nuestro tiempo o disfrutando de los talentosos bloguistas que allí pululan. Claro, todo esto solo, sin el disfrute de la conversación pos-pandrial con los amigos, y la experiencia magnífica de compartir con otros las maravillosas producciones del genio creativo humano. Y además, gobiernos chinos y cubanos en la vanguardia, sospecho que este, manque-sea-poco tampoco nos va a durar.
Ustedes me perdonarán, pero tengo hinchazón del pesimismo, congestión de la fe y me temo un infarto de incultura.
Cambio Vs. Revolución

Todo el que aspire a ser Presidente debería conocer claramente la diferencia entre estos dos términos.
Me parece que anda mucho presidente por ahí, que jura y perjura que si se quieren cambiar las cosas, a juro se tiene que ser revolucionario.
Y entonces olvida que la esencia de la democracia es el cambio. Pero un cambio consensuado, en donde lo que impera es el equilibrio de las fuerzas que integran la comunidad democrática. Un cambio que consiste esencialmente en saber que necesita la gente y como organizar las cosas para que lo obtengan. Un cambio para adelantarse a las necesidades de la gente, haciendo proyectos y presentándoselo a todos aquellos que puedan aprobar, sugerir, construir y precisar lo que ahí se propone.
El problema del revolucionario es que tiene la tendencia a creerse la única voz, y la mejor escucha de lo que los tiempos requieren. Todo lo demás es contrarrevolucionario y enemigo.
El presidente democrático facilita que los cambios sean llevados a cabo por los miembros de su equipo, aquellos que conocen los diversos campos de influencia del gobierno (la cultura, la educación, las finanzas, la producción) y en última instancia por la gente misma.
El revolucionario considera que la discusión y la consulta es una pérdida de tiempo, y que la gente siempre se va a oponer porque no quiere perder sus privilegios, y por eso utiliza la violencia simbólica, legal y física para imponer lo que consideran que le conviene al pueblo.
La historia nos ha dado bastantes ejemplos de este talante. Favor abstenerse.
Un inicio de campaña.

Todo candidato a Presidente tiene que contar, en mi humilde entender, con cuatro elementos fundamentales: proyecto, equipo, carisma y campaña.
En este blog, por lo pronto, trataré de desarrollar los rasgos de un proyecto de país (con la ayuda de ustedes, si es posible), hablaré de equipos ideales, y trataré de levantar los esquemas, siempre perfectibles, del modelo de un buen Presidente.
Todo candidato comienza su campaña con promesas. Promete cambiar lo que considera que va mal en el país. Ofrece conseguir todo lo que falta. Va a las casas y los barrios de los más necesitados para jurarles viéndoles directamente a la cara que no puede dejar de cumplirles.
Propone equipos de trabajo que parecen una mezcla de la Liga de la Justicia (Batman, Súperman, Linterna Verde y la Mujer Maravilla, junto con otros super héroes menos conocidos) con un coro de ángeles.
Sonríe mucho, besa profusamente a las viudas, los bebés y los bebedores, se toma fotos en las que no se vean las entradas, ni las gorduras, ni los encorvamientos, ni las ojeras, ni el bisoñé.
Da larguísimos discursos, preparados con gran detalle para inflamar ánimos, para lanzar consignas, para convencer.
Miente a discreción.
Aquí trataremos de sugerir caminos ligeramente distintos.

