Un poco de culpa ayuda (El Maquinista)

En El Maquinista (2004), una película de Brad Anderson, en la que Christian Bale interpreta a Trevor Reznik, un personaje atormentado por la culpa. Pueden pensarse diversas razones por las que nos negamos a asumir nuestras culpas. Todas implican invertir un gasto de energía mental en una especie de "justificación" mental que alivia la carga. Unas veces porque creemos que el mal que hicimos es la consecuencia de un pequeño error, y que no puede culpársenos por ello. Manejar después de unas copitas es un pequeño error, comparado con atropellar a alguien. Según esta perspectiva sería injusto que nos culparan de lo segundo, cuando nuestro error fue lo primero. Que exista una relación causal entre lo primero y lo segundo no es “justificable”. En otras ocasiones consideramos inútil el castigo que de seguro cambiará para siempre nuestras vidas. Nada puede compensar un error cometido. Según esta manera de ver el asunto, existe una inconmensurabilidad entre el crimen y el castigo. No existe relación entre ellos y por tanto ningún castigo podrá reparar el daño que se hizo. También ocurre que tenemos miedo de que nadie nos crea. Es posible que incluso no tengamos la culpa de lo que pasó, que hayamos sido sólo un elemento más dentro de la causalidad que produjo el hecho culpable, pero las circunstancias apunten directamente en nuestra contra, más allá del alcance real de nuestra responsabilidad. Quizás la peor de estas jusficaciones, como también la más sincera, es aquella disposición de ideas fijas que nos lleva a determinar que no tenemos por qué asumir nuestra responsabilidad en lo que pasó, que poseemos una especie de superioridad moral. No nos da la gana, nos rehusamos a justificarnos delante de quien sea. No queremos pagar, no queremos hacer la tarea, no queremos quedar bien. Una de estas posturas, o quizas una combinación de ellas es la que lleva al personaje principal de este film a no aceptar su culpa. La lucha entre la negación más absoluta y la necesidad de recuperar la “tranquilidad de conciencia” producen en Trevor alucinaciones, que combinadas con lo que parecen recuerdos, descosidos y caóticos, hacen que su personaje parezca estar despertando en todo momento de una pesadilla terrible. De hecho, uno de los “trailers” de la película reza: ¿cómo despiertas de una pesadilla cuando no estás dormido? La próxima semana continuaremos nuestros comentarios sobre esta magnífica película, y trataremos de exponer la riqueza de sus relaciones con las obras de Dostoievsky y Kafka, alrededor del problema de la culpa.
Alfil en francés se dice loco.

Soy coherente conmigo mismo.
Mi único proyecto soy yo, y el mejor YO que he conocido es este de ahorita, que tiene mucho poder.
Si creen que estoy errático ustedes son los errados. Yo sé a lo que voy.
El ajedrez es un juego de reyes, y yo soy un jugador de ajedrez que aprovecha la distracción de su enemigo para mover varias piezas de una vez.
El contendor se dice: “Este esta loco. Cree que no lo vi”. Me grita y me obliga a retroceder, pero ya no sabe como iba la partida. Ya no recuerda donde estaban mis piezas y las suyas. Ya ha olvidado sus propios planes y objetivos.
En medio de la confusión siempre gano yo. Muevo un peón con la mano derecha, una torre con la izquierda y la reina con el codo: giras escandalosas, decretos ilegales, compras inconvenientes, declaraciones destempladas, planes alucinados, trascendencias faraónicas, guerras imaginarias, sueños hegemónicos. Mi pieza favorita es el alfil, cuyo movimieto es oblicuo, indirecto. El enemigo nunca ve estas líneas de flujo diagonal.
Millones de gestos para disimular la verdadera finalidad: Seguir siendo el rey.
Además, recuerden que el tablero es mío y estoy en mi casa. Cuando me provoque reviento el juego contra el piso.
Así que hagan un esfuerzo por respetar.
El Gran Ajedrecista

"Jaque" bautizaron la operación de rescate que involucró a Ingrid Betancourt, la famosa rehén colombo-francesa.
Como en una buena partida de ajedrez, una del nivel más alto posible, todo salió con un nivel de planificación estratégica asombrosa.
Asombrosa porque involucra poder predecir la emoción humana. No sólo los eventos con sus infinitas combinaciones, no solo las acciones con sus diversas maneras de acaecer, algunas veces para dejar todo igual o haciendo retroceder lo ganado. Había que predecir como reaccionarían anímicamente los involucrados, por cual de sus pasiones se dejarían llevar.
El nivel de análisis de esta partida en la selva era como jugar en varios tableros al mismo tiempo: el de la zona de secuestrados era el principal, pero dependía de otros tableros en la zona del Secretariado, en la zona de negociaciones internacionales. En cada una de ellas debían hacerse las jugadas precisas para que, varios movimientos después, se consiguiera la posición adecuada para penetrar hacia la zona del Rey, la zona de poder.
La jugada fundamental fue, como siempre una jugada que ocultaba muy bien sus fines, una jugada que parecía banal.
Pero implicaba acariciar el ego de una persona, sobándole la autoestima. Es quizás el truco más viejo del mundo: decirle a alguien lo importante que es, lo sabio, apuesto o necesario que es para el mundo entero. Adular requiere de práctica y sutileza, mirar el rostro del que lo recibe para leer las ondas sucesivas de su ablandamiento. Y después: "Jaque"
El jaque puede ser una amenaza vana en un aprendiz. Pero un experto sólo usa el jaque para obligar al otro a mover lo que uno o donde uno lo desea. Estando en jaque es la única circunstancia en la que uno sólo tiene una opción: mover el Rey o protegerlo, quitarse de en medio, utilizar recursos que tenías guardados para otros fines, claudicar un poquito, anunciando quizás la futura caída.
El "jaque mate", la última jugada, no implica la muerte del Rey. Otro elemento hermoso de este juego. Es solo la imposibilidad de quitarse de encima la amenaza sobre su integridad. Ya no puedes cubrirte, ni ocultarte, ni desplazarte, siempre estás amenazado.
Y es cuando debes retirarte.
¿Engañado?

Muchos dicen que vivo engañado.
Dicen que los que están a mi alrededor no me cuentan la verdad sobre lo que pasa en el país.
Según esta teoría ellos me muestran solo los éxitos, y me esconden los fracasos. No me cuentan quién robó o si están robando. No me hacen llegar las quejas de la gente, no comentan conmigo lo que dicen los expertos de variada pezuña que siempre andan por ahí prediciendo el descalabro total de mi gobierno y el desmoronamiento total del país.
Claro la debilidad de esta teoría es que supone que yo nunca abro un periódico o prendo la televisión.
Ahí también habla el país.
Pero con todo, apunta hacia algo cierto: no vemos el mismo país.
Primero, porque desde donde estoy parado veo ciertas cosas y dejo de ver otras, porque no quiero o porque no puedo verlas.
Y segundo porque yo sueño, idealizo e imagino uno país.
Sencillamente porque es mi deber, no por nada especial.
Como es usual, no soy inocente pero tengo la culpa.
Búsquenme pruebas

Hoy me hicieron una acusación nueva. A todos los Presidentes les pasa.
A mí casi todos los días me acusan de algo, así que no me sorprende.
Es más bien desasosiego. No es que la acusación sea novedosa, no es original, no está bien urdida. No es que sea un "tubazo".
Lo que me molesta es que es insidiosa.
Parece normal, igualita a todas las otras que se le han pegado antes a mi persona, como calcomanías a una nevera.
Pero esta viene con un piquete raro. "Insidioso: de apariencia benigna, oculta gravedad suma" dice el mataburros. Esta acusación es insidiosa.
Esta acusación es del tipo que penetra en la realidad como un líquido espeso y hediondo. Se mete por sus rendijas y se cruza con el podía ser, con las circunstancias grises, con las pruebas ambiguas, con lo que deje estar porque no estaba dando problemas y para que tocarlo si no da problemas. Por cosas sentimentales, vainas románticas, truculencias mías, asuntos de tripas y corazón. Instinto y corazón. Esos momentos en que uno se ciega.
No soy completamente inocente, no soy completamente culpable. Pero el poder de los que me odian, de los que no saben entender de lo que soy capaz, de los que quieren mi cabeza, ha logrado hacer de mi culpa algo plausible.
Y con eso ganan la partida.
Estamos lejos de los tiempos en que se presumía que la gente era inocente. Ahora basta con parecer culpable para ser condenado.
Claro, yo puedo hacer campaña en contra. Hacer parecer más culpable al que me acusa, acusarlo de ser agente de un poderoso enemigo internacional. Es más eso es exactamente lo que voy a hacer.
Queda en entredicho el asunto “quién tiene la razón”.
Sócrates y la Ig Nobel Ig norancia

Entre los galardones Ig Nobel (nombre que parodia los prestigiosos premios suecos, y que va un poco de broma y un poco en serio) entregados este año aparece uno que premia un estudio sobre la ignorancia.
El resultado hace ver que Sócrates sabía más aún de lo que aceptaba saber.
Resulta que los ignorantes no sólo desconocen lo que dicen conocer, sino que desconocen que no saben, y desconocen que haya quien sepa.
Por lo que el "solo sé que no sé nada" de Sócrates (que en realidad es mucho más complejo de lo que esta frase resume) quedaría así "ni siquiera sé que no sé nada y solo sé que nadie sabe nada".
Aunque los premios Ig Nobel no pretenden ser la fuente de la sabiduría universal, y más bien lo que quieren es divertirse un poco haciendo ciencia, me parece que esta investigación refleja muy bien el gran problema de los humanos: no somos capaces de aceptar nuestras limitaciones y consideramos que los demás están todos equivocados.
De ahí que nos de por tirarnos bombas encima.
Ética TV

Encontrar temas de ética en la TV no es complicado: gran variedad de programas, series, sit-coms, películas y documentales utilizan situaciones morales hipotéticas para la construcción de sus argumentos.
En estas emisiones los personajes usualmente se ven envueltos en dilemas que implican el que, a través de algún tipo de proceso de indagación y reflexión, deban tomar una acción que resuelva la tensión generada.
Gran parte de estas situaciones envuelven el crimen, y sobretodo el asesinato -tanto más horrible, mejor. La tensión que moviliza con más fuerza las voluntades de los personajes es la injusticia de que alguien haya perdido la vida por causa de otra persona y la necesidad de saber el por qué (el móvil), el cómo (el modus operandi), el cuándo (por lo de la coartada), el dónde (la escena del crimen) y el con qué lo hizo (el arma homicida). Un poco como el juego Sospecha, en el que el objetivo está en averiguar si el asesino es Coronel Mostaza, con la Llave Inglesa y en el Salón, o si fue la Srta Scarlet, con la Soga en la Biblioteca. Después se utiliza esa información para atraparlo, enjuiciarlo y meterlo preso. En muchos de estos programas el interés último es el problema del mal: el mal como ignorancia, como incontinencia, como voluntad, como azar, como predestinación, como facilismo, como deformación.
Pero también pueden conseguirse otros problemas éticos no menos interesantes. Muchos de estos giran alrededor de la identidad (una persona amnésica puede considerar moralmente reprobables sus propios actos cuando los descubre con la mirada limpia que le permite una memoria libre de experiencias sesgadas por su propia participación en esos eventos), de las relaciones humanas (las dificultades del amor y la amistad alrededor de nuestras manías, complejos, obsesiones, egoísmos e incomprensiones), del problema de los medios para alcanzar ciertos fines (sobre todo en programas sobre profesiones como las de los médicos, los abogados, los policías y los docentes) o el problema de la diferencia (minorías grupales o conductuales), la otredad (mutantes y extraterrestres) y la virtud del héroe (con facultades humanas o sobrenaturales).
De estos temas, y con más detalle, quisiera hablar en los post de este tema que abro hoy.
Ur-desviación

Una de las características más evidentes del Gobierno actual en Venezuela es el vacío estructural de su propuesta, proveniente de un paracaidista que cayó como tal en el poder.
Entre los graves problemas que causa está ausencia de cualquier cosa que se aparente a un proyecto dentro del gobierno es la ineficiencia extrema.
Cada uno de los funcionarios públicos de nuestro país gasta la mayor parte de sus energías físicas e intelectuales en hacer propaganda sobre la revolución, o en parecer adepto a ella. Esto implica conservar siempre limpio y bien planchado el guardarropas de color rojo, agredir a todo el que parezca sospechoso de disidencia, seguir de cerca las ocurrencias del Supremo para regurgitarlas sin digerir y sin que venga a cuento y, no menos importante, dedicar un buen tiempo a relajar las tensiones que produce sostener tanta incongruencia con el rostro imperturbable, consumiendo todo lo que se pueda mientras dure.
Con lo que no le sobra tiempo para hacer aquello para lo que fue puesto ahí: pensar como hacer las cosas bien, a tiempo, de la manera más económica, con la mayor calidad posible.
Esta desviación "originaria" de los recursos que deberían estar al servicio del ciudadano puede verse desde la Presidencia de la República hasta el cobrador de peaje.
Por eso estamos como vamos.
Estado-Educador
No hay malas hierbas ni hombres malos: sólo hay malos cultivadores.
Víctor Hugo
El proyecto de todo gobierno, cuando asume un rol de Estado-Educador, es la obtención de un "hombre nuevo". Para ello concibe una serie de valores que considera importantes, los jerarquiza, para luego intentar inculcarlos. Y esto en todas las acepciones de inculcar: presionar una cosa contra otra, repetir millones de veces, comerle el coco a los demás con nuestras ideas ("infundir con ahínco" dice el diccionario) u obstinarse con la propia posición.
El problema, a mi entender, estriba en que la dirección que los valores toman es poco susceptible al adiestramiento condicionante. La individualidad, las estructuras y el azar, como elementos opuestos al poder, hacen que los resultados de cualquier acción organizada contengan un componente importantísimo de incertidumbre con la que se debe contar. No necesariamente por la importancia cuantificable que pueda tener, en función de votos o adhesiones de cualquier tipo, sino por su intensidad y su calidad "evolucionaria".
Y cuando digo que se debe prever su aparición no lo hago en función de prevenirla, cuestionarla o suprimirla. Esta previsión debe ir más bien en función de captar la idea del cambio que lleva implícita, y las formas de hacer de este parte importante de lo que una sociedad desea aprender de sí misma (es la garantía de la Multiplicidad, que aunque más frágil siempre va indefectiblemente unida a lo Uno).
Un Estado-Educador no debe creer entonces que tiene el papel de crear ese "hombre nuevo", porque este siempre estará apareciendo. Mejor sería que favorezca el que, desde sus instituciones, se genere la exploración y se produzcan las acciones necesarias para ayudarlo a integrarse a los usos de su entorno y a cambiar aquellos que, siéndole incompatibles, resulten prescindibles para sus pares. Integrarse tendrá que ver con explicarle por qué para los que estaban antes de él ciertas cosas fueron importantes. Prescindir tendrá que ver con asumir que siempre habrá lo insospechado, lo excepcional, lo raro, lo único.

