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ALTEREGUMANCIA

Hombres malos

Hombres malos

Dijo Bertolt Brecht:

 

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.

Se me ocurre que se puede decir esto otro usando la misma estructura:

Hay hombres que son malos por ignorancia o desidia, y destruyen todo a su alrededor.  Hay hombres que son malos por puro egoísmo, y son terriblemente nocivos.  Hay hombres a los que les gusta ser malos, y hacen muchísimo daño a los demás.   Pero hay los que son malos por que quieren imponer a los demás lo que consideran que es bueno… Esos son los más  peligrosos.

Divagaciones sobre ser papá

Divagaciones sobre ser papá

Para mi hija, por supuesto.

 

Ser papá lleva asociado una afasia: uno se siente impotente al tratar de expresar la maravilla. 

Pero me gusta escribir, y sobre todo me gusta escribir acerca de lo que me gusta.  Por eso algo quisiera yo poner (o más bien sería cacarear) aquí en este mi blog.

Suplico entonces comprensión de todos los que son padres y madres, que saben que toda cosa que uno diga es poca.  Y con la paciencia de los que no lo son, porque nos ven desde lejos, ojerosos y un poco trastornados, y entienden que esto es lo que hay.

En todo caso lo que haré será divagar un poco, anotando algunas de las cosas que me han ocurrido o he sentido o pensado desde que sin permiso, y sin siquiera ser gente,  hago gente.

Una de las primeras afirmaciones que quisiera enfatizar es que el asunto de la paternidad no es como te lo cuentan.  (Y eso que todos tenemos un cuento).     

Sorprendentemente, la mayoría pretende ponerte sobre aviso: ¡Ay lo que te espera!  Noches sin dormir, miedos, malcriadeces, llantos,  preocupaciones, gastos.

Mi esposa y yo, en ese sentido, hemos tenido suerte.  Lo de ser padre y madre se nos ha dado bien, suave, fácil (gracias a Dios, toco madera y escupo tres veces, porsia).  Me atrevería a decir: de fábula.  La hija no da guerra, es valiente, llora poquísimo, duerme toda la noche y hace siestas, espera quietita a que uno termine lo que está haciendo, y te advierte, con exclamaciones claras pero no escandalosas, cuando ya se te pasó la mano con los tiempos libres.

No es fácil, tampoco les voy a mentir.  (Hay gente que también exagera en la otra dirección, contándote que todo es gozo,  felicidad, fiesta y diversión).

Criar un niño es un trabajo hecho bajo presión, por manos inexpertas e inseguras. 

En ese sentido creo que la historia y el consejo más útil me la contó un papá que también es psicoanalista.  Me comentó que todos los libros acerca de la paternidad te dicen la increíble experiencia que es, lo bien que te vas a sentir, lo grande que es ser papá.  Ninguno te dice que también es difícil.  Ninguno te advierte que algún día te puedes sentir tan desesperado que te provocaría tirar al muchacho por la ventana.  Y entonces concluyó:  "Lo anormal es que realmente llegues a tirarlo. Pero que te den ganas de hacerlo es normal". 

Por cierto, los franceses tienen un dicho: no se debe tirar al bebé junto con el agua con que lo bañaste.  Tiene que ver con olvidarse de lo esencial.  O cuando echamos a perder lo que está bien tratando de salir de lo malo.

Digamos pues que, a pesar de que no es fácil, y que uno podría desesperarse por momentos,  si uno se lamenta demasiado, si no le dedica tiempo suficiente, si no le pone voluntad y buen humor, si no adopta una actitud serenísima, entonces se pierde de la maravilla.

Y es que la maravilla está en una serie de detalles.

A mí por ejemplo, cuando la tengo entre brazos, me encanta percibir su mirada al mundo, de abajo hacia arriba, con la boquita entreabierta, con esa fascinación ingenua del que lo ve todo nuevecito.

La extraño inmediatamente después de que se va a dormir, exhausta, echando los bracitos hacia atrás, en actitud de "cuelgo los guantes".  Me provoca meterme en la cuna con ella.

Al escuchar las canciones en la radio,  asocio las letras con mi hija…  "Eres lo que más quiero", "Ne me quitte pas", "I put a spell on you",  tienen ahora otro sentido.

Ahora veo distinto a los niños.  Pasaron de ser una parte normal del entorno a una poderosa conexión automática.  "Todos los niños son tus hijos", dicen con toda razón.  Te fascinan los pasitos torpes de aquel que va allá.  No quieres que tu hija haga pataletas como el que ves en el supermercado.  Te ríes con las palabras que escoge aquel que ya habla.  Lloras de inmediato con todos los que sufren.

Uno renuncia a aquel inmenso placer de dormir sin la más mínima queja.  Diría que es casi un placer levantarse 100 veces por la noche para revisarlos cuando gimen o tosen, para alimentar o cambiar pañales.  Me imagino, más adelante, levantándome heroico, para  ahuyentar sus pesadillas.

Para terminar, tengo que decir que me embarga un  sentimiento muy raro acerca de mi responsabilidad como padre.  Mi hija se porta tan bien que me parece que ella me estuviera cuidando a mí y a mi  esposa.  O en todo caso, que fuéramos compañeros de vida y estuviéramos cuidándonos entre todos.  Me gustaría que siempre fuera así.

Sin embargo estoy ahora más consciente que nunca de mis torpezas, de mis olvidos, de mis distracciones… Me siento como un accidente en ciernes, pero me enorgullece el esfuerzo inmenso que tengo que hacer para cuidarla.  Creo que mi alerta de ser un peligro de alguna manera la protege.

Todo el mundo busca parecidos en el físico de los niños. Pertenencias:  los ojos son como los del abuelo, la nariz del papá, la boca de la mamá, los pies de la abuela… Queremos estar presentes, influenciar, formar parte de las nuevas generaciones.  Es un deseo válido, por supuesto, muchas veces necesario.  Es la carrera de relevos, el paso del testigo.

Sin embargo, yo espero sobre todo  que logre parecerse a sí misma.  Quisiera que pudiera tomar sus propias decisiones.  Que tuviera libertad y prudencia para escoger su carrera, su pareja, su religión, su territorio, su misión. 

Sé que vamos a tratar de influir.  No creo que sea malo tratar de influir.  Pero espero que,  siempre que podamos,  tengamos la sabiduría de ofrecerle opciones y dejarla escoger.

 

Estamos aprendiendo…

 

Agresividad y Poder

Agresividad y Poder

Una de las contradicciones que más me cuesta manejar es la que se plantea entre libertad y  control.

Para mí son irrenunciables el respeto a la diferencia, la tolerancia, la solidaridad, la posibilidad de cuidar de sí mismo, la hospitalidad hacia el otro, la defensa de los derechos de todos.

Por otro lado, reconozco con cierta pena y vergüenza que a veces la violencia se hace necesaria.  Incluso para defender todo lo anterior.

Muchos han planteado que es el  Estado el que debe poseer el monopolio de esa violencia, y que debe usarla para controlar la tendencia que tienen los ciudadanos a no respetarse entre sí.

Una de las formas más usadas de esa  violencia implica la privación de libertad (con el uso racional de la fuerza que lleva aparejado) como forma de castigo y prevención. 

Pero hay que añadir muchas otras formas de intervención que parecieran necesarias, pero que muchas veces generan una gran controversia: la vigilancia, la censura, las prohibiciones, las manipulaciones.

El más controversial de estos métodos violentos es quizás la guerra.  Son los episodios más terribles de nuestra historia, debido al terror, la miseria, los crímenes y la muerte que acarrean. 

El problema es que muchas veces lo único que se puede hacer para evitar una guerra es eliminar las circunstancias que la justifican.  Por tanto, existen esas circunstancias que darían razón a un conflicto.  Eliminarlas evitaría la guerra, pero el horizonte amenazador sigue siendo ese: el belicismo como solución.  Es una trampa.  Tratar de evitar una guerra es reconocer que hay causas para una guerra. 

Además, a estas circunstancias se mezclan siempre los intereses más bajos (la guerra es también un negocio del Estado), o las posturas morales más elevadas (Estados que se abrogan una capacidad moral superior para decidir)  y pareciera que hay siempre una serie de eventos y causas que de alguna manera justifican que se produzca el "hasta aquí" violento de la guerra.  Algunos episodios históricos han desembocado en guerras consideradas "justificadas", y que no se sabría muy bien cómo haberlas evitado.  Pero también hay innumerables  ocasiones que parecen no sólo injustas sino también injustificadas…

En todo caso pareciera un asunto que debería someterse a una profunda y constante reflexión por parte del Estado, cosa que no siempre se da. 

La forma y el alcance con el que debe intervenir el Estado no es compartida por todos,  y muchas veces depende de las ideologías, que encallecen el pensamiento.

Algunos piensan que el Estado se debe ocupar casi exclusivamente de administrar los servicios públicos, y dejar la economía, la cultura e incluso la educación al resto de los poderes. 

Otros piensan que el Estado debe enfrentarse a muchos males de nuestra sociedad: frenar la corrupción, la especulación, el fraude financiero, los abusos a los derechos humanos, las componendas para delinquir, los crímenes,  y un largo etc. Esta convicción política considera que debe proteger la fragilidad de sus ciudadanos ante los intereses de los poderosos.   El Estado debería defendernos del Banco que se aprovecha, de la Secta que nos aliena, de los valores distorsionados que nos esclavizan.

El problema es que bajo esta perspectiva el Estado se erige como aquel que lucha contra el mal, y desafortunadamente, lo que ocurre con frecuencia es que el Estado se abroga una superioridad moral que lo lleva a meterse en todo y en todas partes ("el enemigo puede estar alojado en cualquier lugar, y hay que expurgarlo"). 

Además, este tipo de Estado muchas veces considera que tiene el monopolio de la crítica.  Nadie puede quejarse, nadie puede protestar, porque el Estado es y hace "el Bien" por antonomasia.

Y cuando se equivoca él mismo hace la labor de reflexionar, autocríticarse y cambiar.  No necesita de nadie que venga a señalarle sus errores, y dudar de su capacidad para encontrar el buen camino es sencillamente reaccionario, antipatriota o terrorista.

Cualquiera que critique al Estado "Bienhechor" envidia lo que este ha logrado, y por eso quiere destruirlo.  De ahí que el Estado considera que debe atacar primero, con toda la violencia que sea necesaria, y usando todas las herramientas con las que cuenta: cárcel, persecución, censura, prohibición y guerra.

La pregunta que me hago aquí es la siguiente: ¿Cómo tener un Estado lo suficientemente valiente, recto y combativo, que pueda asumir la resistencia contra las diversas formas de poderes nocivos: injustos, fanáticos, destructivos, autoritarios, egoístas, crueles, intolerantes, corruptos, irresponsables y un larguísimo etc., pero que a un mismo tiempo no se crea con patente de corso para hacer lo que le venga en gana con sus ciudadanos, su país o el mundo entero?

Declaración de fines

Declaración de fines

¿Y si esto fuera lo último que escribo?

ya sea por que desaparece el ser que rotula

o por que no tenga nada más que decir

 

¿Cuál será la palabra que perfore el papel?

la que traduzca los signos de la angustia

de un forastero que se levanta a media luna

para aullar frases en plena transformación

 

¿Cómo ordenar los silencios?

conocer el orígen de los rezos

el delicado equilibrio de la duda

la disonancia que une los males

la armonía que mece los bienes

 

(esa maldición que nos hace hablar)

 

¿Cuál el temple de la última imagen?

la que ronde sin mácula

la que evite la viscosa huella

del verbo prematuro

que la deje preñalienada 

con los mitos urbanos

 

¿Cuál es el respeto que le debo al ser?

el apocamiento que vacia el sentido

ese fatídico gesto que me obliga

a repetir mis propias repeticiones

el lugar común que escinde la razón

y te aísla en tus propios balbuceos

 

En cualquiera de los fines

estar a la altura de mis bajezas

saturar el blanco de mis quejas

(hacer alguna rima perfecta

algún verso dorado

alguna metáfora esencial)

decir sin decir que estoy diciendo

en lo que ya fracasé tantas veces.

Hitler como cliché

Hitler como cliché

No es que el tipo no haya sido monumentalmente malo. 

Lo fue.

Pero no estaba solo.  La humanidad vivió y permitió las tropelías de por lo menos tres más como él, a un mismo tiempo.  Tipos que hicieron lo que les dio la gana, y mataron a todo el que se les puso en medio.  Hitler, Stalin, Mao, en cálculos conservadores, mataron a 10 millones de personas cada uno. 

Tardamos bastante en tratar de impedirlo, y eso nos pesará por siempre en la conciencia.  Y la educación debe hacer énfasis en esa responsabilidad, en la necesaria atención para que no se repita.

Pero mencionar a Hitler cada vez que uno quiere hablar de "lo más malo" o "lo indudablemente malo", tiene un lado digamos que anti-pedagógico:

Es fácil decir: ¡Bueno, yo no me parezco en nada a Hitler!

Y ya está.

Es por esto que cuando se quiere trabajar, pensar y discutir ética se debería evitar esa trampa.

Uno debería insistir en lo que señalaba Enrique Urbizu (Director de la estupenda película La vida mancha [2003] y la más reciente No habrá paz para los malvados [2010], que aún no he visto):  "A veces causa mayor desgracia el trabajo mal hecho, o la desidia, o la prepotencia en las labores cotidianas: puede ser tan dañino como una mente criminal desatada".

Puede ser exagerado, pero yo creo que es mejor ejemplo de maldad un maestro que no asiste a clases, que pide reposos injustificados, que no estudia ni prepara sus temas o que demuestra displicencia hacia su trabajo.

Debemos insistir en eso.

Cuando Chávez se haya ido

Cuando Chávez se haya ido

Es probable que, haciendo un balance, tendremos cosas buenas que decir de su gestión.  Muchas malas, pero cosas buenas también.

Cuando una de las amenazas de liderazgo totalitario del siglo XXI haya pasado,  con suspiros de alivio, podremos analizar los 14 años de su gestión con un espíritu sosegado.  Ojalá no tengamos demasiados presos y muertos que lamentar (en Venezuela uno no sabe nunca si sobran o si faltan los presos, pero no hay duda de que demasiada gente muere por descontrol social).

Cuando sean cosa del pasado la agresión constante, las triquiñuelas ilegítimas, los desequilibrios institucionales buscados y a veces regalados, y sólo parezcan una equivocada estrategia de gobierno, en vez de una escalada de la violencia autocrática, podremos conceder acaso lo que fue legítimo o provocado, lo que fue un reflejo defensivo.

Por eso era que pedíamos que no se estableciera la reelección indefinida en nuestro sistema político.  La obligatoriedad del cambio, cada cierto tiempo, del equipo de funcionarios que llamamos gobierno, haría menos angustioso estos análisis.  Es la posibilidad de la eternización del gobierno de turno el que hace más oscuro y aciago el pronóstico. 

Tiendo a ser optimista.  Creo que podemos recuperarnos relativamente rápido del caos en el que estamos sumergidos.

Sin embargo este caos no es lo único que resultó de este período.  Repito: algo bueno quedará… No es mucho, está disperso, difuso, mal encaminado. Debo reconocer que me cuesta reconocerle cualquier cosa.

Pero si algo me salé fácil es reconocerle haber generado conciencia.  Un despertar.  Un darse cuenta de lo importante que es participar.  Lo importante que es saber que la política no es un asunto de los políticos, o que políticos somos todos.  Es saber saberse organizar.  Saber planificar lo que queremos ser. Saber pensar el país.  Y ser consecuente con ello cada día.

Asimilar la importancia que tiene para un país los gestos sencillos: ser honesto, hacer bien su trabajo, pensar en los demás.

Dejar de esperar al Mesías, al Superhombre o al héroe épico.

En última instancia dependerá de qué tan bien hayamos asimilado la lección. 

Depende de la respuesta que le hayamos dado a la pregunta que nos hacíamos en plena crisis de finales del siglo XX: ¿Podemos estar peor? 

Selva

Selva

Existe una soberana presencia

entre el refugio y la caída ciega

dirigiendo los hilos de la gracia gastada.

 

Existe un no sé, una duda vasta que se encadena

un delirio azul que persigue y arrastra

una luz deglutida, una mutación que desaparece.

 

Como el punto y aparte de la crucifixión

unas venas oreadas al sol de la medianoche

drenan jarabe de vitriolo en dosis cortas de amor.

 

Es posiblemente un término inventado para decir río

quizá la excusa o el ritmo de la destrucción

que se te impone en el rictus firme del adiós.

 

Existe un punto que flota, unas medias húmedas

envolviendo las heridas, los dientes, el fuego

de los planetas amados, el agua turbia.

 

Es seguro un río.

  

Las estatuas de Bolívar

Las estatuas de Bolívar

Me encomendaron hacer una estatua para conmemorar el nacimiento del Prócer de la Patria.

Un fulano gris, empleado de la alcaldía vino a verme una mañana y me ofreció una cantidad X para que esculpiera una estatua para la plaza Bolívar de W. 

El dinero era poco, aunque el burócrata me propuso el trato con un dejo de desprecio, como si me estuviera otorgando una venia que yo debía aceptar alborozado.

Inmediatamente recordé los ejemplos que me daba mi Profesor de Filosofía para tratar de hacernos entender  las causas aristotélicas:  "La causa material es la materia de la que está hecho algo,  y que le permite ser lo que es.  Por ejemplo, una estatua de Bolívar estará hecha de… ¡Bronce! muy bien.  Porque el bronce es moldeable y duradero.  Si uno la hace de hielo, se derrite y desaparece.  El hielo está bien para hacer estatuas seudo-eróticas para una fiesta, pero no para una estatua de Bolívar". 

"Luego, la causa formal, es precisamente la forma, las características esenciales que hacen que algo sea lo que es.  En la estatua de Bolívar la forma dependerá de la plaza.  En una plaza pequeña será… ¡Un busto! muy bien. En una plaza más grande lo tendremos de pie.  En plazas importantes estará a caballo.  Y en las plazas de gran envergadura el caballo estará en equilibrio sobre dos de sus patas, y Bolívar blandirá su espada". 

"Después tenemos la causa eficiente, que es el ente que hace posible que la cosa llegue a existir.  En el caso de la estatua de Bolívar será… ¡El escultor! muy bien.   Por último tenemos la causa final.  Esta representa la finalidad, la razón por la que algo llega a ser lo que es.  En el caso de nuestro ejemplo… ¿Para qué se manda a hacer una estatua de Bolívar?... ¿Para honrar la memoria del Prócer de la Patria dicen? Ingenuos.. ¡Para que el Alcalde se embolsille unos reales!  Pide 100 millones para la estatua, le da un millón a un escultor de poca monta y con ganas de figurar, y se queda con los otros 99."

Yo era, seguramente, el escultor de medio pelo.  Dos o tres de mis estatuas — que representaban hombres tratando de mantener el equilibrio en situaciones improbables— estaban ubicadas en puntos más o menos visibles de la ciudad.  Pero nunca estaba de más ganarse unos centavos extra con un encargo. 

Me dieron la fecha estimada de inauguración de la Plaza Bolívar de W y me puse de inmediato a diseñar lo que haría.

Desde el primer momento me propuse hacer una estatua de Bolívar que rompiera con las convenciones.  La mía sería diferente.  Sería recordada e imitada.

Yo quería representar otro Bolívar.  ¡Y lo logré!

El día de la inauguración estaba presente la crema y nata de W.  Un escalofrío me enderezó el espinazo, y no supe si era miedo u orgullo.  Cuando el Alcaide tiró de la cuerda la primera reacción de la masa fue un silencio estuporoso.  Todos quedaron con la boca abierta, nadie se atrevía a respirar.  Juntos parecían la fotografía de una coral entonando el himno.  Luego empezaron las caras sonrojadas, los abucheos, los gritos y las piedras aventadas contra la espalda y las nalgas del gran Simón.

La estatua representaba al Padre de la Patria, totalmente desnudo, montado encima de una (que podía ser Manuelita, la "Pepa" o cualquiera de las otras).  Simón arquea la espalda para poder verle los ojos a su amante mientras la taladra.  Una posición del misionero clásica, pero a mi entender, hecha con brío.  La figura femenina se empeña en voltear la cara hacia un lado, mientras su rostro muestra las señales de un éxtasis fatigado.

Nadie captó la importancia de mi obra.  La estatua fue desmontada y desapareció en algún oscuro sótano de los edificios públicos. Ese día casi me linchan, y poco después me dieron cárcel por cinco años, acusado de apátrida y traidor.  Esto que escribo llegará a ustedes por las veredas rebeldes que tiene la palabra.  No dejo de pensar en lo que haré cuando salga de aquí.

Quiero tallar una estatua en la que Bolívar este cagando. 

Quiero inmortalizarlo agachado, justo en el momento en el que la puntita del mojón asoma, y el héroe, como cualquier hijo de vecina, aprieta todas las venas, arterias y tendones de su cuello para darle el empujón final.

Con esa me forzarán al exilio, y mi carrera estará consagrada.