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ALTEREGUMANCIA

Nihil sum

Nihil sum

Avalancha de olvido

que arrasa cobardemente

con lo más preciado

dejando agujeros, escombros

y un charco de agua viscosa

en el rostro de nuestros amores

en el reencuentro con las fiestas del pueblo

en los nombres que dábamos a las cosas.

 

Malignamente nos impone

con puntualidad compulsiva

los detalles que habíamos dejado atrás

los demonios que aprendimos a ignorar

las nimiedades hediondas y babosas

que acicateaban nuestra ansiedad

las debilidades y las cobardías

que ya nos habíamos perdonado.

 

Todo queda en nada

se repite lo igual 

con lo extraño

todo vuelve

roto

y con llanto.

 

La tristeza agota las ganas

por insolvencia de las conexiones

y el mundo se nos funde

en sentidos sin sentido.

 

Nos adelgazamos de miedo

brutalmente solos

cuando ya no sabemos quién es quien

y rostros ajenos se enciman

para reprocharnos faltas y conspiraciones.

 

Se espesa la angustia

de estar siempre perdidos

por calles que son laberintos

en donde no nos busca nadie

y cada pequeña cosa

es materia sin luz ni gracia.

 

Y entonces el asco de no saber lo que vale

lo que importa, lo que define, lo que es

lo que mata, lo que muere…

 

La terrible vida de un cuerpo con el alma vacía

cuyo único recuerdo es que alguna vez estuvo llena

 

(anemia de memorias

infarto personal

cáncer del espíritu

cauterio del prójimo

amputación del yo

lobotomía del apego)

 

sin los alegres delirios de la demencia

sin el canibalismo de la vaca loca

sin el pliegue del esquizofrénico

sin los enemigos del paranoico

sin el orgullo de los autistas

esta enfermedad es una putada

una tortura perversa

un castigo del yo

una burla mal orquestada

contra la gran promesa.

El Amor Platónico

El Amor Platónico

Nuestro "amor platónico" es esa persona que nos parece perfecta, que no sabe de nuestra existencia pero por la cual existimos, la suma de todos los bienes y que nunca hemos rozado, con la cual sólo nos hemos besado en sueños y el destino final de los suspiros más roncos y silenciosos. 

Pero este término puede servir también para entender mejor algunos conceptos de la propuesta platónica, tanto por aquellos sentidos que se corresponden bien con el pensamiento de Platón, como por aquellos que no tienen nada que ver, o que incluso lo contradicen.

También podría referirse al tratamiento que hace Platón del tema en su diálogo El Banquete, lectura que recomendamos para degustar filosofía bien escrita, y revisar varias teorías acerca de lo que es el amor… Pero creo que resulta muy útil si se le compara con la relación que el ateniense parece establecer entre nosotros y las ideas, tal cómo puede encontrarse en diálogos como República y Fedro.  

En estos diálogos, y para hacer corto un cuento muy largo, Platón plantea que el mundo está dividido en dos: un mundo en el que vemos "sombras nada más" (como en el bolero) y un mundo de las Ideas.  El primero es sólo apariencia, engaño y superficialidad.  Está hecho de las cosas corporales.  El segundo es todo perfección, armonía y verdad y está constituido por los "moldes" de todo lo que hay en la realidad.  Ambos mundos coexisten, pero sólo aquellos que se preparen podrán ver "más allá" de las apariencias, y, con el "ojo del alma" percibir las Ideas.  El que logra percibir las Ideas ve realmente lo que es, y no su apariencia engañosa.  De ahí que hay que hacer un esfuerzo por lograr ponernos en contacto con ellas.  En este texto trataremos de explicar un poco más la relación que tenemos con las ideas, usando los conceptos que están incluidos en el de amor platónico.

Uno de los sentidos que se da al amor platónico  es el de "amor ideal".  Nuestra atracción estaría dirigida hacia algo perfecto, sin defectos, que lo tiene todo.  En este caso la metáfora funcionaría bastante bien.  Las ideas son lo real en su perfección total.  Son el modelo hacia lo que todo tiende y a lo que todo intenta parecerse.  Cada silla que existe en este mundo de sombras intenta parecerse a LA SILLA, la perfecta, la del mundo de las Ideas, y si uniéramos en uno sólo todos los modelos de silla que existen, esta sería la silla perfecta.  Y amaríamos a esa Silla (o por lo menos nuestra espalda lo haría).

Otro de los sentidos que le damos al amor platónico es que es inalcanzable.  La persona en la que nos hemos fijado no tiene ninguna relación con nosotros y es imposible que la tenga jamás.  En este caso el sentido parece alejarse de la propuesta platónica.  Con las ideas tenemos una relación muy difícil, pero muy estrecha: ellas están en nuestra alma, y con un proceso educativo podemos llegar a ponernos en contacto con ellas (aunque lograr ver la más perfecta de las Ideas, la Idea del Bien, puede que ocurra recién cuando alcancemos los 55 años). 

El problema es que, acostumbrados como estamos a estar dentro de un cuerpo que mira hacia afuera, hacia el mundo de sombras y engaños, hacia el resto de los cuerpos, entonces no vemos las Ideas.  El cuerpo es una limitación (de ahí que Sócrates casi se alegra de tener que morir envenenado con cicuta).  Para ver las ideas tenemos que educar nuestro espíritu, dialogando con la realidad, frotando los nombres, las imágenes y los conceptos para que se produzca una chispa que nos permita atisbar las ideas, y sus relaciones con otras ideas.

Por último, decimos de un amor platónico que es una relación en la que no existe contacto físico.  Nunca he tocado a ese ser que me quita el sueño, y no creo que llegue a tocarlo, sobre todo porque quizás no me atreva, porque en el fondo le temo.  Temo no merecerlo, temo que me desprecie, temo decepcionarme.  Este sentido, que suele estar bastante presente, es quizás el más alejado de la concepción platónica de las Ideas. 

Porque para Platón, el proceso para alcanzar conocimiento de las ideas empieza con el cuerpo.   A través del cuerpo olemos, tocamos, probamos, escuchamos vemos y en suma nos revolcamos en lo que amamos.  Por ahí empezamos a conocerlo, inevitablemente.  El cuerpo está ahí en medio, y como está ahí, todo pasa por él, todo empieza en él. 

El secreto estriba en no quedarse pegado en las sensaciones del cuerpo.  Hay que seguir profundizando en el conocimiento, o elevándose hacia él,  porque lo que nos provee el cuerpo es una pequeña parte de todo lo que contiene la Idea.  En el caso del amor tenemos que hacernos amigos de aquel a quien amamos,  compartir aventuras, conversar hasta el amanecer, apoyarnos, pelearnos y luego reconciliarnos, pasar apuros juntos, y juntos solucionarlos, descubrir los matices de nuestra personalidad, reírnos y llorar, en fin, pasar vida juntos, llegar a conocernos.  Aún cuando el cuerpo decaiga, el amor tiene que ser cada vez mayor, porque amamos el alma que conocemos cada vez mejor.  Si se fijan bien, la chispa se produce con esfuerzo.  "A primera vista" puede que atisbemos algo, pero no es suficiente.  El esfuerzo continuado, disciplinado, dialogante, de intercambio, de oposición benevolente es el que me lleva a acercarme a mi amor, o a la Idea.  El amor es un esfuerzo, uno aprende a amar, uno se educa para amar amando. 

Ese es el amor platónico.

¿Por qué tengo que aprender de otros?

¿Por qué tengo que aprender de otros?

Quisiera continuar aquí la discusión que empecé en el articulo anterior acerca de aquellos que consideran no tener nada que aprender de los demás. 

En esta ocasión quisiera ver el otro lado de la moneda: los que tratan de enseñar algo, pero lo hacen con la idea que son poseedores de la verdad absoluta y definitiva.

Un pensador griego de la antigüedad llamado Gorgias afirmaba que los seres humanos no entendemos nada de la realidad, y que si lográramos entender algo no podríamos expresarlo convenientemente en el lenguaje, y que sí lográramos expresarlo los demás no lograrían entender nada de lo que pudiéramos llegar a decir. 

Si Gorgias tenía razón, entonces escribir, leer y educar son actividades completamente inútiles. 

Como creo que Gorgias es un tipo respetable, yo tiendo a tomar su frase como una boutade, como una frase chocante…

Una frase que nos invita a pensar con el otro, usando sus pensamientos de trampolín, de zanco, de túnel.

Una provocación que nos estimula a que participemos en la construcción del conocimiento, leyendo “activamente”, con una parte de asombro, respeto y admiración, la cual reconoce aportes y perspectivas; y con otra de cuestionamiento, duda y aprehensión, aquella que exige que no nos creamos a pie juntillas todo lo que ahí aparece, que busquemos nuestra perspectiva y nuestra posición al respecto. 

Que nos emplaza a que escribamos con humildad, sin preconizar que nos las sabemos todas, con la arrogancia antipática que aleja a los posibles lectores-activos, esa comunidad de interlocutores que seguirán pensando con, durante y después acerca de las cosas que a mí me dio por escribir para iniciar el diálogo.

Que nos acicatea para que entendamos la dificultad de abordar el mundo, la realidad o la verdad, o como sea que llamemos al vínculo que poseemos con lo que nos ocurre, a cada uno, a todos.

Para que haya gente que nos enseña algo, que nos muestra algo, que nos indica una vía, que comparte su pensar, que nos abre las puertas de su mundo, necesariamente tiene que haber un otro que se siente invitado a entrar, a pensar en tandem, a seguir el camino para ver dónde lleva, a voltear el rostro hacia un sitio insospechado, a escuchar con respeto y atención. 

Que el mundo esté lleno de prepotentes que se la saben todas y de fofos que no quieren saber nada es lo que hace la educación un simulacro cada vez más artificial.

“No tengo nada que aprender”

“No tengo nada que aprender”

Cada vez que escucho esta frase siento rabia, indignación y temor.

Y no me ocurre poco.  Es increíble la frecuencia con la que la pronuncian intelectuales, artistas, docentes y estudiantes.

“No leo para no contaminarme”, "Leer consume tiempo que tengo que usar para crear",  “La única forma de abordar un autor es desde la crítica y la deconstrucción”, “Para pensar con autonomía hay que deslastrarse de la tradición”, “Esa propuesta ya está superada”:  Estas son algunas de las frases en las que siempre creo escuchar la misma negación a aprender algo lo que otros han aportado.

Para empezar, en esta actitud me parece encontrar falta de humildad.   Los que la pronuncian parecen creer que han alcanzado un nivel en el que todo lo anterior a ellos ya no tiene validez, o que sólo la tiene como una curiosidad histórica, que sólo puede interesar a ociosos u obsesionados. 

Me parece que también encubre flojera.  Poco compromiso para el trabajo que implica investigar, comprender las implicaciones, los matices, la relevancia, los problemas, las aporías, las preguntas, las grietas, las ventanas que abre una obra cualquiera.

También me parece triste, porque implica que todos los esfuerzos que han hecho otros seres humanos por comprender su tiempo, comprenderse a sí mismos y comprender a los demás han sido en vano.

Por último conlleva el riesgo de descubrir el agua tibia.  Cuando se revisa el pensamiento y la obra de los que trajinaron antes de nosotros descubrimos sus intuiciones anticipatorias, sus innovaciones insuperables y lo que hay en ellas de eterno y siempre vigente.  Muchas propuestas que se creen "nuevas" o de "ruptura" tan sólo repiten con ligeras variaciones lo que los maestros de antaño ya habían planteado.

A todos aquellos que dicen que no tienen nada que aprender de otros habría que hacerles una simple pregunta, que le escuché a alguien por ahí, pronunciada con inocencia cáustica:

¿Si no tienes nada que aprender de los demás por qué los demás sí tendrían que aprender de ti?

Snobismos del profesor

Snobismos del profesor

El salón de clases era una cámara de agobio, húmeda y calurosa.

Un grupo de estudiantes llevaba unos 20 minutos exponiendo y yo había perdido toda esperanza de que pudiera resultar algo productivo de esta experiencia.  Sudaba resignado sobre mi escritorio, y los observaba con expresión neutra.

Como en otras ocasiones en las que me abrumaba el número, me resigné a escuchar sin señalar los dislates conceptuales, soportando como san Sebastián los flechazos inmisericordes. Prefería esperar a que pasara lo peor y retomar el tema al final, explicando desde cero.

Pero la última expositora desequilibró mi ataraxia.  Además de la confusión, el desorden, las contradicciones y las incongruencias, la chica destrozaba el idioma. 

Decidí que lo mejor sería corregir sobre la marcha, porque era más fácil que todos captaran dónde estaba el error.

Esperé al próximo dislate, y cuando dijo “nadien” levanté mi voz y le corregí: “nadie”.   Hizo un mohín de disgusto, y continuó sin inmutarse, mirándome como miran los adultos a los niños cuando tratan de interrumpir una conversación.

No me arredré, y cuando dijo “estábanos” le sugerí que lo correcto era decir “estábamos”.

Me miró de reojo y fingió impasibilidad, y de seguido soltó un “yo pienso de que”.

Por lo que la detuve y le aclaré: “pienso que”.

No entendió cuál era mi problema.  Debe haber creído que yo la estaba apresurando, porque remarcando las palabras, y acompañándolas de un sonsonete burlón, me dijo: “¡bueeeeeno!... Ya le voy a explicar… Yo-pienso-de-que…”

“No.  Así no es”, le insistí, “no uses el de que, se dice yo pienso que”.

Esto le pareció el colmo.  Agitó su cabeza lateralmente, con cierta coquetería regañona, mientras me soltó:

“Profe… ¡Usted si es sifrino!”

Las fases de un viaje

Las fases de un viaje

Todo viaje comienza con la expectación de lo que está por ocurrir, la emoción de lo que se anticipa en maravillas y placeres, la angustia de los obstáculos que podrían aguar el guarapo en algún momento del periplo.

Luego entramos en estado de gracia y todo parece fantástico, como en un cuento de hadas; perfecto, como en un mundo utópico, improbable, como en un sueño.  Cada plato que probamos es ambrosía, cada paisaje es el Paraíso, cada persona es una divinidad, cada experiencia es una comunión.  Descubrimos en cada recodo algo que no habíamos probado, algo que no habíamos vivido, algo que no sabíamos que existía.  Comparamos con lo que teníamos antes de partir, y nuestro terruño siempre sale perdiendo.

Pero poco a poco vamos notando las costuras.  Vemos que en cualquier mundo las cosas son complicadas.  La belleza tiene manchas, asimetrías, cortedades.  Descubrimos que lo que nos parecía excelente viene acompañado de sacrificios que a lo mejor no estamos dispuestos a hacer. Que lo que nos parecía malo allá, aquí también está presente.  Que como en todas partes los perros muerden aún después de ladrar, y que los humanos hacen que uno quiera más a los perros.

Pasado un tiempo empezamos a extrañar nuestra vieja morada.  Quisiéramos volver al olor de nuestra almohada, al matiz del amanecer visto desde la ventana de nuestra cocina, con una taza del café que se cuela en casa.

Y entonces el viaje comienza otra vez.

De la muerte que deja un ¡Ay!

De la muerte que deja un ¡Ay!

Un día, después de muchos que habían pasado, después de recorrer caminos sin llevar registro,  hito o referencia, alguien del grupo murió.

En ese momento no supimos que había muerto.  Pensamos que se había rendido, y que había torcido camino hacia alguna de las ciudades que anunciaban su presencia con kilómetros de anticipación, prolongando su claustrofobia en la basura abandonada, y en los grises dedos de miseria humana que la gente de las ciudades llama suburbios.

Pensamos en su traición con un poco de tristeza.  Un diálogo que escuche en las filas dispersas puede servir de resumen del estado de ánimo que nos embargaba:

-       Pudo habernos hecho una señal.

-       Quizá la hizo y no pudimos verlo.

-       Quizá su partida ES una señal, dijo Julia, único profesional de la medicina en nuestra expedición.

-       Ya te vas a poner pesada con la metafísica del adiós, dijo alguien que debía conocerla, pero que no pude identificar.

-       Tienes razón, a veces me pongo  tonta cuando me da hambre, ¡pero a que a nadie le gustan las despedidas...!

Como siempre en el caso de los que aceptan la posibilidad de estar equivocados en grado patético, Julia tenía razón.

Era un signo.

Volvimos al tema una y otra vez en las fogatas nocturnas.  Hacíamos rodar un faso que nunca regresaba y aprovechábamos las volutas de profundidad para analizar las posibles derivaciones.  Pensamos en la llegada de la enfermedad, aunque hasta ahora nos hubiera perdonado.  Quizás alguna peste del viajero, algún cáncer subrepticio y fulminante, algún virus de mala muerte.

Pero descartamos rápidamente la idea.  Nadie se había enfermado en meses.   No era alimento lo que faltaba en las tierras que habían sido olvidadas por los Circuitos Cerrados de Producción de Esenciales.   Si alguien hubiera enfermado se hubiera notado mucho, aún en un grupo tan numeroso.  La enfermedad hubiera creado las vibraciones de alarma que suelen sacudir a los cardúmenes o a las manadas... 

Pensamos por supuesto en los accidentes.  En las caídas, las avalanchas, los meteoritos, los rayos, los alienígenas, las explosiones del cerebro.  Pero todas estos dejan siempre por lo menos un ¡ay!

Todo deja huella, y nadie vio, escuchó o sintió nada. 

Eso era lo particular del asunto.  Nadie vio nada.  Nadie escuchó un adiós, nadie vio algún vómito, nadie olió la descomposición.  ¿Está muerto quien no vimos morir?

De los juegos para el viaje

De los juegos para el viaje

Raúl se llamaba el primero que murió en nuestro viaje.  Simplemente había desaparecido. 

Raúl era parte de nuestra comunidad anómica.  Era de los que recogía las cosas, remendaba los sacos, recolectaba frutos secos, contaba cuentos de héroes malditos y monstruos traviesos en el ruidoso círculo de la fogata de los niños, justo antes de que los obligáramos a meterse en el saco de dormir y hacer silencio. 

A mí me enseño a jugar al póquer.   Pasamos largas horas estudiándonos el rostro, tratando de descifrar las dramáticas expresiones que sugerían el bailoteo incesante de las llamas temblorosas y sus sombras. 

Más que un estudio psicológico del contrincante, terminaba siendo un estudio cosmológico.  Su rostro, el entrevisto, era solo una parte de la información.  También estaba ahí el viento que movía la llama.  Su combustión errática. Estaban los insectos que revoloteaban, unas veces sombra, otras veces dardo velludo.  O cuerpo carbonizado.  Estaban los gritos.  Los ronquidos.  El chasquido sabrosón de las parejas que retozan.  Estaba el aroma de medio cordero que quedó de la cena, y que ahora se enfriaba para los sándwich.  Y estaba el azar.  Adoraba el azar.  El rostro se le iluminaba con cada combinación, pero como se emocionaba igual por una escalera a la reina de corazón negro como por 5 cartas completamente aisladas, era difícil interpretarlo. 

Su seriedad posterior podía significar también el reto de sacar el mayor partido posible a una mano generosa como el riesgo de blofear.   

En algún momento llegamos a olvidar nuestro duelo nocturno, o quizás pasamos a integrarlo dentro de los rituales de comunicación que nos impedían olvidar de dónde veníamos y en dónde nos verían luego.  Hacía tiempo que habíamos dejado de lado los naipes, deteriorados o perdidos en los avatares del viaje, y jugábamos un póquer imaginario en el que el objetivo era compartir las combinaciones más ingeniosas, hermosas o inusitadas.

Algunos días muy acontecidos no teníamos tiempo de sentarnos a intercambiar jugadas, y desde lejos nos hacíamos señas para ilustrar la mano que nos había tocado. 

No hace falta decir que voy a extrañar muchísimo a Raúl.