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ALTEREGUMANCIA

De la inconstancia

De la inconstancia

Nuestra única salvación es un defecto de carácter: somos inconstantes. 

Empezamos las cosas con un entusiasmo fingido, sobre todo para darnos fuerzas y no tanto para complacer a alguien.  Porque desde el principio no estamos muy convencidos de que ese sea el camino.  No estamos claros de cuál pueda ser, pero por algún lado hay que empezar.

Después continuamos, vacilantes.  Ese débil transitar, aunque nos priva de logros inmediatos, nos evita peligros.  Es decir, no llegamos a ninguna parte, o siempre llegamos de noche cuando no se ve nada, y estamos muy cansados para disfrutarlo. 

Pero cuando nos acercamos a un abismo podemos retroceder con facilidad.  Ninguna fuerza ciega nos empuja inevitablemente.

El fanatismo requiere de un desencadenamiento que nos es ajeno. 

Aquellos que están demasiado seguros de algo, que lo gritan a los cuatro vientos y quieren que todos los sigan sin chistar nos parecen un poco locos. Les miramos con recelo.

Hoy nos hemos detenido a descansar cerca de un río.  No lo estábamos buscando, pero cuando nos topamos con él teníamos bastante sed, y teníamos ganas de descansar.  Apoyado de una piedra veo las aguas pasar y escribo un rato.  Tendré que levantarme a buscar algo de comer.

De la lengua del viajero

De la lengua del viajero

Constato que fuimos, desde el principio del viaje, verdaderamente especiales. 

Caminábamos como si lo único que importara realmente fuera caminar, y después de cada colina había un valle, y después un riachuelo, y después un páramo, y después un pueblo abandonado a su suerte, y después las selvas llenas de ruinas de imperios vencidos, y después las grandes ciudades que espiábamos desde lejos, evitándolas, como evitábamos los caribes y las anacondas, las tribus de ermitaños, los fantasmas de la hecatombe.

Pero fue sólo después de haber dejado varias suelas en el camino, y haber comenzado a caminar descalzos, sólo cuando empezamos a ver el mar detrás de las colinas secas de los desiertos de cardón,  fue sólo entonces (quizás por una alegría oceánica que llaman) que comenzamos a comunicarnos con el lenguaje de las flores y las musarañas, de los niños y las momias, de los enamorados y los perdidos. 

Va a sonar cursi pero voy a intentar reproducirlo. 

En un diálogo típico, mañanero, de la conversación más temprana cuando se está muy cansado para dormir, y te pones a colar un café en la semi-oscuridad, y le ofreces un poco a  tu compañera de viaje, y le cuentas:

-    Hoy amanecí con pétalos nuevos.

-    ¡Ay viejo, viejito mío y de mi corazón, yo también, yo también!

-    Sabes, en Marte hay flores rojas que vuelven a ser botón, y después son blancas, y después azules.

-    ¡Como tú mi niño, como tú mi garañón alado, como tú!  ¡Hoy me gustaría cargarte todo el camino!

-    Mejor me empujas vieja, o me halas, o me llevas de la mano, mientras me cuentas por qué quisiste ser mujer

-    Y tú tendrás que contarme por qué quisiste ser un hombre

-    Tendría que saberlo…

-    Ya se te ocurrirá algo.  Haz lo que yo hago: inventa.

 

Y así,  después de repartir besos en el desayuno, volvíamos a reírnos de la pereza.  Y de nuevo a caminar, sin importar el dolor de las piernas y las heridas del sol y el alma en piezas. 

De la alegría o la tristeza de partir.

De la alegría o la tristeza de partir.

Partimos un día en que las tardes de septiembre no dejaban de ser llovidas por un cielo que parecía estar de malas. 

Llevábamos poca cosa: unas mulas cargadas de ollas y sal marina,  un morral con dos libros eternos, tres hogazas de pan, un queso de cabra, un chocolate, un vino de mesa y un kilo de marihuana con sus semillas.  Era todo lo que quedaba ya.  Era todo lo que importaba. 

El grupo debía alcanzar los novecientos, mulas incluidas: médicos desahuciados por la injusta repartición de la piedad, sociólogos aterrorizados, empleados que huían de la esclavitud de los ficheros, escritores derrotados por un único pensamiento impuesto, cocineros que no pudieron contra tanta mesa de apuros, pintores ciegos de luz estroboscópica, abogados que nunca ganaron la pelea contra el engaño, niños que quisieron volar y ahora estaban lisiados, teólogos herejes, viudas que querían renacer sin vientre o corazón, gitanos damnificados, marinos que perdieron el derecho al mar, nómadas cuyo cielo abierto sólo alcanzaba para dos, enamorados en los días del amor prestado. 

Partimos en una procesión que daba tristeza, pero nadie lo notó.  No salimos en prensa ni nos reportaron en los programas de curiosidades.

Éramos una mota de pelos rodando en el erial de necesidades que nos rodeaba, en la mecánica ruta al trabajo, los trashumantes que habían madrugado en una mezcla de alcohol y café recalentado, con cigarrillos mal liados, maquillaje vencido y miseria en la piel.  Nos cruzamos con ellos en la estación del tren pero no nos atrevimos a invitarlos a dejar sus rutinas y venir con nosotros. Eso hubiera sido pretender que estábamos mejor que ellos, cosa que sin embargo sentíamos, en esa alegría infantil de faltar al deber.

Caminábamos viendo a ratos hacia abajo, evitando huecos y defecaciones,  a ratos hacia arriba, fijando la mirada en una nube, que parecía viajar hacia donde creíamos querer ir.

Ya no mirábamos hacia atrás.  

Caminábamos rápido y constante.  Nadie habló con nadie durante días, y  meses después todavía jugamos a alterar el revés del lenguaje y expresar sólo lo inútil para la comunicación: “Estoy desplazando mi cuerpo hacia delante, tengo los ojos abiertos y veo, mi corazón palpita, tropiezo con una piedra y me caigo, respiro, uno, respiro, dos, respiro, tres”,  y cosas así. 

La banalidad nos conectaba. Pero sobre todo no queríamos echar a perder la inmensa zozobra que nos hinchaba las velas y nos impedía echarnos a un lado del camino, a desaguarnos en llanto.

El mundo eres sólo tú.

El mundo eres sólo tú.

A Tichu

Un colibrí lánguido sobre el piso de la cocina

 

La niña que se casa con Bruto

que no la mira a los ojos mientras jura que la ama y promete serle fiel

 

La taza favorita que se quiebra en mil separaciones

 

El niño que llora una pena sin censura

 

La princesa descalza que cae en las mortíferas manos de su príncipe azul

 

La mujer que aún espera que la selva regurgite

alguna señal de su marido su hija y su hijo que se perdieron

 

El perro con tres patas que persigue a la perra en celo

 

Las palabras que pierden sentido y se oscurecen:

salvación patria progreso memoria y olvido

 

Las ballenas que extravían el rumbo y cantan como cisnes

 

La injusticia desde cualquier color desde cualquier bando

desde cualquier distracción desde cualquier argucia

 

La bola de helado que cae al suelo sin haber tocado la boca

 

La ardilla electrocutada que yace sobre la nieve sucia

 

El hombre deshojado que se cubre el sexo con basura y aceite de motor

 

me han provocado el mismo pinchazo

de cuando me doy cuenta de que siempre no estarás ahí siempre

 

y como nada tendría mucho sentido si no fuera por ti

me alegro de que el mundo seas solo tú.

Otredad, diferencia y otras paparruchas.

Otredad, diferencia y otras paparruchas.

Está de moda.  Todo el mundo quiere ser “incluyente”, “holístico”, “integrador”, “trans-lo-que-sea”.  Todo el mundo se arrebata por mostrar que comprende a su vecino, que es empático, que respeta las creencias ajenas, que es solidario, que capta los matices de la vida, que escucha.  Puro cuento.

Sobre todo porque los “adoradores de la diferencia” rechazan a los que son diferentes a ellos: aquellos que creen que también existen ­—y son valiosos­­­— algunos elementos en común entre los humanos, entre las realidades, entre las ideas. Y que debemos luchar por estos valores.

Es una de esas modas que me provocan urticaria, y creo que esto me ocurre por cinco razones fundamentales:

1. No la entiendo: ¿Cómo pueden negar que los seres humanos tenemos algo en común? Fundamentalmente tenemos un punto de encuentro en el lenguaje.  El lenguaje nos une e implica necesariamente que hay un terreno común en el que logramos estar juntos.  Es verdad que hay muchas cosas que también nos separan, que hay perspectivas, creencias, prejuicios, contextos, culturas, valores: una innumerable gama de matices acerca de cómo nos relacionamos con el mundo.  Obvio.  Es así.  Eso hace la cosa al mismo tiempo difícil y fascinante, complicada e interesante. 

Pero el caso es que no nos daríamos cuenta de la multiplicidad si no existiera unidad y viceversa.  Negar cualquiera de las dos no sólo me parece tonto sino incomprensible. La discusión deriva siempre en una denuncia, o en un acto reivindicativo contra los pensamientos “imperialistas” y “colonizadores” (lo que me suena a bla-bla izquierdoso y resentido), de unos tiranos falogocéntricos, o de los miembros de una Gran Conspiración que quiere que todo sea Lo Mismo. 

2. Es una pedantería: los que siguen esta moda parecen no saber que el problema de la unidad y la diferencia fue planteado por Heráclito hace ya más de 2500 años, y que no ha dejado de ser discutido desde entonces.  Unos abogan por la mismidad, otros por la diferencia, otros por complicadas combinaciones entre las dos.  Lo extraño es que no parecieran darse cuenta de que la realidad es así: hay cosas comunes y compartidas, hay cosas únicas y diferentes, y todo está hecho de la misma manera.  No hay nada que hacer.  Si preferimos una cosa o la otra, eso es problema de cada quien.  Pero tendremos que lidiar con “lo otro” si preferimos “lo mismo”, y con “lo mismo” si preferimos “lo otro”. El problema es que los “Otredosos” están de moda, y miran al resto desde su torre de marfil,  con piedad y conmiseración.

3. Es peligroso: creer que lo único que importa es la diferencia es, en sus últimas consecuencias, luchar por el aislamiento, o cuando menos por un aislamiento compasivo. 

Si no hay cosas en común, no tiene sentido la educación, ni el gobierno, ni el arte, ni nada de lo que el ser humano haga para el ser humano.  Los enemigos de la maligna “Mismidad” piensan que yo no tengo nada en común con Mozart, porque un alemán no tiene nada que ver con un venezolano, porque es infinitamente diferente a mí (Levinas), porque su contexto y su cultura son incomprensibles e inconmensurables con la mía. Entonces, cuando trato de hacer que mis estudiantes aprecien el jazz o las obras de Picasso los estoy violentando, los estoy agrediendo a golpes de “mismidad”.  Es “fascista” mi pretensión de que la genialidad de Gabriel García Márquez estriba en captar aquello que es “común” en la humanidad, utilizando para ello una voz “diferente”, que encanta y seduce de igual forma a un colombiano o a un finlandés.  Es elitista que yo crea que hay seres humanos que lograron escuchar la fibra esencial del ser humano y la expresaron desde una forma rica en matices, desde una intensidad no expresada, desde un tono novedoso, porque, según ellos, exactamente lo mismo hacen los latinoamericanos Wisin y Yandel, que serían unos “otros” menos diferentes, y que estarían más cerca de mí con su vulgaridad, su mecánica repetición de superficialidades, sus valores empobrecidos, su corporalidad reducida al movimiento de las caderas y la exposición de los genitales.  (Es criminal mi pretensión de que las vuvuzelas acaban con una parte hermosa, y común del fútbol como evento colectivo: los cánticos, las exclamaciones, los abucheos, las aclamaciones.  Las vuvuzelas, en  toda su maravillosa diferencia, aíslan, impiden la comunicación, atormentan).

Pero en última instancia, la dictadura de la diferencia puede conducir a una irresponsabilidad criminal: dejar todo  como está, no luchar por buscar objetivos comunes, no cambiar nada porque no sabemos qué pueda ser mejor, no enseñar nada porque es imposible saber lo que cada quien necesita, no buscar órdenes o jerarquías porque implicarían dejar de lado o privilegiar, no tratar de aprender del otro porque él es su diferencia y yo soy la mía, sin nada que nos una, no hacer nada por el otro porque en última instancia nada que le pase a él me puede pasar a mí, que soy diferente.

4. Ensucia el ombligo: Los adoradores de lo Otro tienen como objetivo principal alejarse de “la Mismidad” y buscar la diferencia, que es la verdad única.  No explican por qué terminan hablando de esa verdad con los mismos conceptos, el mismo lenguaje, la misma lógica, la misma gramática y en los mismos espacios en los que habla la Tradición, que a fin de cuentas, lo que busca conservar es lo que comúnmente es valorado.  Pero lo hacen, y se aplauden a sí mismos, y se congratulan.  Y no logran sacarse el dedo del ombligo para darle la mano al “Otro”.    

Resultaría gracioso (si no fuera tan dañino, como dice Serrat) que la significación que se “pierde” en toda nuestra negociación con la realidad, por medio del lenguaje, también es algo común.  Todos la experimentamos, y eso no nos frena de seguir intentándolo, y más bien en ello radica lo que tiene de hermoso el arte, las relaciones humanas, la educación, la ética y la política: la confianza en que podremos entendernos, tocarnos, llegarnos, ubicarnos, explorarnos.  La convicción de que hay algo más allá de mi ombliguito, y de que ese algo no es “absolutamente otro”.

5. Es contradictoria: los cultores de la otredad adoran la diferencia pero odian a los que son diferentes a ellos: a los que consideran que también hay mismidad.  Es decir, una diferencia inaceptable es que alguien crea que hay algo igual.  Los “Otredosos” dicen que no tienen nada que aprender de “otros” filósofos y escritores, pero quieren que lean sus textos, porque ahí si está la verdad acerca del mundo.  Odian la Modernidad porque consideran que su proyecto fundamental es reducir “todo a lo mismo”—opinión que es un estúpido reduccionismo en sí—, pero también se sienten ajenos a la posmodernidad porque ella denuncia los simulacros en los que ellos también juegan a ser serios. Piensan que la universidad es el reino de la mismidad, de la imposición del currículo de “lo mismo”, pero “trabajan” (entre comillas, porque eso de cumplir horarios, organizarse o planificar es de los sometidos al tiempo mecánico e igualador de la modernidad) y ganan sus sueldos de la Academia.  Les parece ridícula la mismidad  del método científico, pero sus investigaciones están todas enmarcadas en una serie de ritos iniciáticos, pasos rígidos, extremadamente puristas e inflexibles, que garantizan alcanzar la verdadera verdad misma.  Dicen estar abiertos al mundo pero lo miran altaneramente y con cierto desprecio por no haber captado la grandeza de su mensaje.  Aunque ahora todos hablan de “diferencia” cada secta cree que sólo ellos saben exactamente lo que es la diferencia, y los “otros” están equivocados y contaminados con “la mismidad”.

Habría que decir, tal como lo plantea Zizek, que los humanos vivimos como en una película The Matrix pero inversa. 

En la película, los personajes viven en una realidad virtual, sospechando continuamente que existe una realidad real.  Pero nosotros vivimos  en la realidad real, sospechando continuamente que estamos engañados por una realidad virtual.  Precisamente, para los cultores de la diferencia como verdad absoluta, la realidad virtual que nos engaña, que proviene de un Otro poderoso y engañador, sería la existencia de lo común. 

¿Y si nos dejáramos de paparruchas y tratáramos de educarnos para entender, apreciar y disfrutar lo común y lo diferente?

¿Y si lucháramos para garantizar políticamente lo mismo y la diferencia, lo público y lo privado, lo propio y lo común?

 

Kenofobia

Kenofobia

 

El patio de una factoría

con su laberinto de tubos

y sus minotauros de vapor

 

miles de oficinas muertas

cubiculadas sin dudar

por un perverso pueril

que dejó algunas luces encendidas

por azar de su angustia

 

un motel de asesinato

al borde de la carretera

con bares de espantos

azotados por el insomnio

pasillos que fugan

a un aeropuerto menor

del que todos salen

sin boleto de regreso

 

las diabólicas rectas

de los pasillos sin flores

y el ruido de una alarma

que repite percutiendo

su alarido absurdo

“nadie nunca nada no”

(nadie nunca nada no)

 

el bloque de cristal hermético

rodeado de cuatro calles desoladas

el sótano de su garaje paranoide

sus luces temblorosas

donde se descuartizan

las ganas de vivir

del empleado a destajo

 

una ciudad sin aceras

sus carros sin chofer

sus palmeras sedientas

sostenidas por muletas

al lado de fuentes de agua

que no conceden deseos

 

las casas clonadas

y sus paredes huecas

y sus ventanas que no miran

y sus enanitos de porcelana

y sus piscinas de alcohol

 

el campo de concentración comercial

en el cráter del pasto que murió

cegado por ese Atila obeso

que escupe porquerías dulces

por su diente cariado

a una muchedumbre repetida

del domingo sin descanso

 

el hospital sin gérmenes

los niños en su primera cárcel

las mamás  de silicona

los vegetales enchufados a la nada

los miembros fantasma

las órbitas demudadas

 

infinitudes vanas

que se erigen indiferentes

a nuestros recorridos posibles

 

cosas fuera cosas dentro

con su decadencia en ciernes

de lo que nadie podrá bruñir

 

multiformidad sin contenido

aristas inertes:

su imponente ruina

ya es pasto del orín

 

un tarado hiperquinético

intentando abarcar el vacío

con su irrefrenable necesidad

de zancos para verse en el espejo

La Pedagogía Positivista.

La Pedagogía Positivista.

Supongo que en toda universidad hay rivalidad entre facultades y departamentos.  Esto que voy a relatarles, aunque no tengo muy claro sus relieves, proviene quizás de la parte ideológica de esa rivalidad, pero no estoy seguro, y por eso dejo aquí mis preguntas. 

En una asamblea llevada a cabo en el Aula flexible de la UPEL-Maracay el día jueves 20-05-10, en la que se quería explicar una de esas sesudas diferencias del lenguaje, en este caso entre “secuestro” y “toma”, con relación a los eventos ocurridos en el en Caracas, en el Rectorado,  se dijo, entre otras cosas,  que los profesores del Departamento de Componente Docente somos positivistas.  Yo no tuve el gusto de estar presente (estaba dando clases, imagínense ustedes, que mala excusa).  Pero me llevaron el chisme y quedé lleno de dudas.  SOMOS POSITIVISTAS…

 Así, sin explicaciones.  Proferido como un insulto.

Somos los hijos bastardos de Comte.  Somos las excrecencias de Vallenilla Lanz y su Cesarismo Democrático.  Somos los mocos del Círculo de Viena.

Habría que saber por qué lo dicen. 

¿Será porque luchamos contra las supersticiones, las falsas creencias, los mitos y los dioses de cualquier ralea? ¿O será que hemos intentado que no crean en ninguno de esos que viene a decir que son el Mesías, que es insustituible, que escucha la voz del pueblo, que va a conducirnos al paraíso? Como diría Buñuel, “Gracias a Dios, yo soy ateo”.

¿Será porque hacemos exámenes? Sí.  Lo confieso públicamente: yo he osado hacer exámenes.  Aunque sé que está tácitamente prohibido.  Mis alumnos se apresuran a decirlo: “Profe, yo tengo 4 años aquí y todavía no me han hecho un sólo examen”.  Ergo, los exámenes tienen que ser malos (un millón de moscas no puede estar equivocadas).  ¿Por qué lo hago, Dios mío, por qué? Está bien, confieso de nuevo: creo, fíjense ustedes, que existe algo así como el conocimiento mínimo, algo que todos deberíamos retener en nuestras memorias (imagínense ustedes, que violento, guardar datos en la memoria, como para acabar con toda una generación por cortocircuito cerebral) y usarlo para resolver un problema que se les propone.  Sadismo puro.  Yo, por ejemplo, quisiera que mis alumnos supieran que Platón escribió el Mito de la Caverna, y que en él trató de reflejar las raíces de la ignorancia y la injusticia de la especie humana.  Y quisiera que no lo confundieran con otro libro famosísimo: El Secreto.  Soy un torturador, un tirano, un fascista.  Lo sé.

¿O Será que nos dicen positivistas porque consideran que somos autoritarios? Yo, por ejemplo, me considero una autoridad en mi clase.  Para eso estudio muchísimo, investigo y preparo cada detalle.  Dejo, obligo y hago que mis estudiantes participen, creo en una “comunidad de investigación” como la de Freire, pero estoy preparado para intervenir en esa comunidad a cada rato, para direccionar, para aclarar, para complementar, porque se supone que soy el que más ha trabajado el tema, el que lo conoce mejor.  Es más: construyo esa comunidad con dudas, problemas, preguntas, cuestionamientos.  Soy verdaderamente tiránico en eso de que no se conformen, que no crean que resolvieron el asunto con un “bueno, yo opino que…”.  Les ordeno que argumenten, que sustenten.  Les pido que imaginen, que construyan, que creen conceptos para tratar de explicar los difíciles asuntos humanos.  Los mangoneo, los emplazo, los cuestiono.  Los conozco por su nombre y les pregunto directamente: ¿tú qué piensas?  Soy pues una mezcla de dictador, con torturador, con cobrador de impuestos.

¿Será porque creemos que todo es medible?  Yo por ejemplo creo que un buen profesor se mide.  Se mide por el número de clases que da.  Por el tiempo (en horas, minutos y segundos) que le dedica a sus alumnos (y no me vengan con esas pamplinas de “tiempo de calidad” con el que algunos disfrazan pocos minutos y muchas sonrisas y “miamores”).  Porque cumple con los objetivos de su programa, sin piratearlos, sin sustituirlos por un “taller”.  Un buen profesor se mide por su puntualidad, la cual a su vez depende de un número de minutos en los que empieza y termina su clase. 

Pero además creo que es importante planificar, organizarse, ordenar las cosas.  Me da un poco de pena decirlo, pero creo que deberíamos… ¡Ser eficientes! Cumplir plazos, diseñar estrategias y, perdonen la grosería: rendir cuentas.

Visto lo que acabo de sacarme del pecho, es posible que mis colegas tengan razón.  No es que TOOOOODOS los profesores de Componente Docente hagan o piensen como yo, pero basta una manzana podrida… 

En todo caso yo voy a ser de verdad positivista (el positivismo bobo del Comte que vino después de conocer a la boba de Clotilde) y voy a repetirme una y otra vez: todo va a salir bien, todos nos vamos a querer mucho, todo está ocurriendo de la mejor manera para la humanidad y para la educación, todo va a mejorar, todo depende de que yo sonría mucho, el futuro es brillante, vas a lograr todo lo que te propongas, no importa si no sabes nada: lo importante es que de verdad quieras lograrlo, todos tus sueños son posibles, el universo conspira para que logres tus propósitos cuando lo deseas muy fuerte, todos quieren lo mejor para la universidad, todos son buenos…

Un ancianato no es una pecera.

Un ancianato no es una pecera.

Claro, lo ideal sería que las nuevas generaciones se ocuparan de sus ancianos.  Uno siempre está mejor en su casa, con los suyos y con lo suyo.

Pero debo reconocer que esto no siempre es posible.  El ritmo frenético al que te obliga la supervivencia, y las enfermedades y debilidades propias de la vejez exigen cuidados que muchas veces no estamos en capacidad de suministrar.  Reconocerlo es triste y el remordimiento que nos aflige cuando tenemos que decidir dejar a nuestros viejos en una “casa de retiro” debe ser escuchado con atención, tomando esta decisión sólo al haber agotado todas las demás posibilidades.  Tenemos que tener cuidado de no “inhabilitar” autoritariamente al pariente anciano, con la excusa de que “se puede hacer daño” si está sólo.  Muchas veces este razonamiento esconde un sentimiento de culpa por dejarlos mucho tiempo solos, y la manera de resolverlo es organizando mejor la vida diaria para estar con ellos.  Sin excusas chimbas.

Pero como ya dije, a veces no hay de otra, y el ancianato es la única solución viable.  Acabo de visitar uno esta semana, y traté de pensar cómo me sentiría yo viviendo ahí, para revisar esta institución con ojo crítico. A pesar de que el sitio era limpio y ordenado,  y parecía haber personal suficiente, bien preparado y con paciencia, una cierta tristeza flotaba en el ambiente, y por eso trataré de precisar sus contornos.

Un ancianato no puede ser una pecera, fue lo primero que se me ocurrió.  No puede ser un sitio en el que encerramos a un ser vivo para verlo de vez en cuando, tan sólo preocupándonos por mantener el agua limpia y darles de comer, y poniéndole unos perolitos que imiten la vida cotidana: un televisor, un sofá y un baño (un castillito y un alga en las peceras).  Luego sólo queda esperar que el pececito/viejito dure lo que tenga que durar, pero que no dé mucha guerra.

¿Qué le cambiaría al ancianato? Pues lo personalizaría. Cada uno de nosotros tiene sus aficiones, y necesita que se las satisfagan.  Yo necesitaría una biblioteca e internet.   Mi amiga Elba necesitaría que la dejaran cocinar un bienmesabe de vez en cuando.  Mi querida Trini necesitaría un salón para jugar a las cartas o al dominó.  Pipo quisiera un pequeño taller donde reparar cosas.  Merceditas necesitaría un teléfono para conversar con sus amigas.  Carlos un atril, un lienzo y unas pinturas.  Juan Pablo un guitarra eléctrica con su amplificador. Para Alexandra habría que organizar su cumpleaños todas las semanas.

Pero además necesitaríamos cuartos privados, aunque sean reducidos.  Espacios de cada quién, donde tener nuestras pertenecías, nuestras fotos y nuestras manías, y donde podamos hacer el orden y el desorden que nos plazca. Donde podamos llevar a nuestro amorcito para darle besos.  Y dónde haya un televisor para cada uno, porque a unos nos gusta la novela y a otros History Channell, y a otro las películas de la época de catapún, y a otros el Barsa y a otros el Real Madrid.  Y a otros nos gusta tenerlo apagado y vernos reflejados en la pantalla oscura.

Se deben organizar salidas.  Al parque a caminar, a los museos o al cine, para quién así lo desee. Un ancianato no puede ser una cárcel, en dónde el encierro dura hasta que el pariente responsable del encierro se le ocurre que puede llevar a su viejo a pasear. 

Son absurdos los “horarios de visita” porque son símbolo de mayor encierro, y dificultan las relaciones con los familiares, que de por sí ya tienen excusas, reales o imaginarias, para no ir al ancianato.

La vida masificada, el mismo orden para todos, las rutinas anónimas, transforman al ancianato en un campo de concentración donde colocar seres humanos mientras esperamos que se mueran de una buena vez. 

Esto es inaceptable para un preso, imagínense entonces para aquel que lo único que hizo fue envejecer.