Blogia

ALTEREGUMANCIA

Ur-Desviación (II)

Ur-Desviación (II)

En una entrada anterior les hablaba de uno de los problemas más graves del Gobierno Venezolano actual: la ausencia de proyecto.

Vuelvo al tema porque quería comentarles un par de cosillas más sobre el asunto.

La primera es que el presidente de Venezuela insiste en que una de las debilidades más grandes del "oposicionismo" (creo que con este término quieren denotar a aquellos que hacen oposición por hacerla, sin saber exactamente a que se oponen, sin tener un objetivo claro) es precisamente la ausencia de un proyecto de país. 

La segunda es que no se si quedó claro que una revolución no es un proyecto.  Es una manera de hacer las cosas, es un plantearse una ruptura con lo anterior, una disposición a obviar normas y romper patrones de como se hacían las cosas antes.  Pero no implica un objetivo, un saber lo que se está haciendo.

Y eso se nota en todo lo que hacen.  No hay ideas, no hay planes, no hay previsiones.   Puro efectismo, cortoplacismo y paños calientes.

Mientras tanto, los grandes problemas del país siguen sin resolver. 

No se sabe como combatir la inseguridad, y el reporte de muertos es más alto que el de Afganistán e Irak en guerra o el de Haití después de un huracán.

No se sabe como combatir la corrupción, y el funcionario público, cada vez más antipático, lento y desinformado, solo está ahí para ver cuanto dinero puede agarrar.

No se sabe como combatir la inflación, y los sueldos ya no alcanzan para comprar comida, y solo se alimentan bien los del inciso anterior.

Mientras tanto, la única disciplina es vestirse de rojo y asistir a las marchas.  La única responsabilidad es repetir como un loro las consignas del máximo lider redentor.  La única reflexión es como adular con mayor estruendo.

 

La odiosa neutralidad.

La odiosa neutralidad.

Sacaron del aire el programa Contrapeso de Vladimir Villegas e Idania Chirinos.  El primero, oficialista, la segunda de oposición, se reunían en este espacio para ofrecer un trabajo de entrevista hecho desde las dos orillas. 

Algo no gustó en alguna parte.

 

Una cierta neutralidad molesta.

 

Un esfuerzo por entender al otro, un imaginarse lo mismo de otra manera, un criticar lo mismo para buscar otra forma de hacerlo, tienden a levantar resquemores. 

La única neutralidad medio aceptada es la autocensura.  Si no quieres hablar bien del gobierno (aunque deberías), nadie te va a castigar por eso… Pero tienes prohibido hablar mal

 

El poder exige incondicionalidad

 

Si quieres ser considerado como amigo, si quieres ser esa iniquidad que llaman “personal de confianza” tienes que ser incondicional.

 

Cada vez que pienses las cosas que tengan que ver con el poder debes hacerlo con absoluta parcialidad.

 

El problema es que absolutamente parciales son los dogmáticos, los fanáticos, los fundamentalistas, los autoritarios, los psicópatas, los fascistas y los totalitaristas; en el mismo grupo, pero digamos que en escala ascendente de malignidad.

 

Solo la reflexión crítica, que esta basada en reconocer lo otro (reconocerlo: estudiarlo, aceptar los niveles de complejidad, las lecturas, las perspectivas, los antagonismos, los puntos comunes, el aprendizaje posible) puede impedir esas cegueras parciales.

 

Por lo tanto, solo se puede reflexionar críticamente si se poseen espacios neutrales, en los que podemos acceder a lo otro, en los que dejamos que lo otro acceda a nosotros.

 

De ahí que quieran tan mal a los árbitros, y que muchas veces el final de su jornada laboral se produzca entre abucheos e insultos. 

Castigo brutal: Redactar un Código de Ética.

Castigo brutal: Redactar un Código de Ética.

El CIDH (Corte Interamericana de los Derechos Humanos) acaba de condenar a mi Estado por el despido (dizque) injustificado de cinco jueces del Tribunal Supremo de Justicia.

 

Dejemos de lado que la condena es obviamente injusta.  En este país estamos acostumbrados a despedir a la gente sin mayores miramientos, campechanamente: con que yo les grite: “te me vas de aquí” o  “ponchaooooo” basta para que la gente entienda que no es bien vista por estos reinos.  Hasta por televisión he despedido indeseables y nadie viene con lloraderas.  Pero resulta que estos señores, muy finos, muy de la “high”, consideran que su despido les “cercena el derecho a la justicia” porque fue producto de una decisión parcializada y por motivos ideológicos… Dime tú con qué se come eso.  Es muy sencillo, cuando no nos gusta alguien en el equipo, lo botamos.  Botado es botado y su apellido es desempleado.

 

Lo más increíble es el castigo.  Completamente fuera de lugar, una componenda para la exageración y una conspiración para el abuso.  Y además de todo esto, es un castigo fuera de toda proporción, es injusto en sí mismo, y lo que es peor, comete el mismo delito que pretende castigar: es discriminador.  Permítanme ustedes que les explique.

 

La primera parte del castigo ya es como para llorar.  Obliga a mi Estado a devolverles sus empleos, con la misma categoría y el mismo sueldo, y además a pagarles una indemnización.  Es pues, como decirles que tenían razón, que el haber ido a acusar a su país en una instancia internacional está muy bien, y que ¡bravo! por ser tan quejones y tan hijitos de mamá.

 

Rematan esta primera parte exigiendo que se les pida disculpas públicamente… No, es que no hay derecho, es que ni que los jueces esos fueran de la realeza, cada quien en su lugar y lo que es del Cesar también es mío: ¿Ustedes creen que los reyes piden disculpas?

 

Pero lo peor viene después: la sorna, el escarnio, la burlita disimulada.  Además de lo anterior, el CIDH se regodea en el odio más hediondo y entonces exige la redacción de un Código de Ética del Juez.  ¡Santa María, cuanta hipocresía!

 

El TSJ no va a saber hacer un Código de Ética, y esa es la muestra más clara del retorcido sentido de la justicia que tienen en el CIDH:  Condenarnos a hacer algo que nos resulte imposible, para que siempre parezca que no queremos cumplir nuestro castigo, que somos unos forajidos de la ley. 

 

Por que digamos que nosotros queremos hacer el código.  Queremos indicarles a los jueces unos lineamientos que los guiarían por el camino del buen obrar.  Como primera cosa a nosotros nos gustaría que cada mañana, todo juez, antes de comenzar a legislar, y frente a mi retrato, entone tres veces: “¡Uh, ah, Salomón no se va!”, tal como lo hicieran en la Sesión Inaugural de esta nueva institución revolucionaria que es el TSJ.  Algo básico pues.

 

Pero inmediatamente nos van a reclamar, como ya lo hicieran en aquella ocasión, que no se puede impartir justicia si se está parcializado con el Rey, si no se es independiente como funcionario, si no se demuestra autonomía como institución, y dale que te pego, por ahí se van con las injurias.  ¿Entonces, en qué quedamos?  

 

¿Por qué no redactan ustedes el Código de Ética del Juez? 

 

Han pasado dos semanas desde el veredicto del CIDH y todavía el Tribunal no ha dicho ni pío.

 

Claro, yo los entiendo, están mudos de la indignación.  Pero yo no me voy a quedar en silencio, y se los digo: Señores del CIDH, son unos discriminadores.

Un poco de culpa ayuda II parte. (El Maquinista)

Un poco de culpa ayuda II parte. (El Maquinista)

Comentábamos la semana pasada sobre la película El Maquinista de Brad Anderson, en la que Christian Bale interpreta a Trevor Reznik, un trabajador de la industria metalmecánica que se ve involucrado en un accidente y la culpa que le acarrea lo lleva al borde de la locura.

Christian Bale, dentro de su ya conocido registro psicopático, hace un papel fabuloso.  Además del esfuerzo de adelgazar hasta casi “no existir” (lo que es fundamental para la historia, que se alimenta mucho de los detalles, más que de la complejidad de la trama).  Eso, en el fondo, es lo que quisiera Trevor Reznik, no existir, no estar ahí para sufrir el dolor de sentirse culpable.  En su afán de negar lo que le pasó, un Trevor insomne desde hace un año, muestra las huellas evidentes de la carga que lo consume.  Estar "dormido" moralmente no lo deja dormir por las noches. Ese es el conflicto que consume a Trevor y le quita espesor a su existencia, transformándolo en un fantasma. 

 

“Un poco de culpa ayuda” es mi traducción de una frase del guión: a little guilt goes a long way, dicha por Trevor en alguno de sus diálogos alucinados.  Esta resume bien el problema.  Uno tiene que reaccionar ante el sentimiento de culpa.  Reaccionar de manera de compensar de alguna forma la acción reprobable que el remordimiento nos señala.  Si uno intenta ignorar el cargo de conciencia, esto altera profundamente tu existencia.

 

Un dato interesante es que el autor incluyó frecuentes referencias a lo “siniestro”.  Esta palabra tiene varias acepciones: izquierda, ominoso, malvado, abandonado y de mala suerte.  Todas ellas aparecen en la película.  En varias ocasiones a Trevor le toca escoger entre dos caminos, y siempre escoge el más oscuro, el de la izquierda, el siniestro.  Escoger si enfrentas tu responsabilidad o huyes, he ahí la cuestión. 

 

Otra de las referencias constantes de la película es el pez.  Su significación más usual esta relacionada con el cristianismo y me parece que en este caso específicamente con la redención.  Uno de los conceptos fundamentales de la filosofía cristiana es el hecho de que todos los hombres estamos en estado de “caídos”  por el pecado original, y debemos buscar activamente nuestra salvación.  (Dato curioso: Bale rebajó con una dieta de atún, precisamente el pez que Trevor sostiene en una foto)

 

Una escena se repite con insistencia: lavar con cloro.  Los que tienen algúna amistad o pariente un poco obsesivo con la limpieza sabrán que es la herramienta predilecta.  Pero además es el químico ideal para limpiar rastros de un crimen, porque todo lo disuelve.  Por otra parte, lo que se lava con cloro queda blanco, por lo que la significación es doble: borrar las huellas del crimen, lavarse la culpa, quedar puro.

 

En la pélicula podrán pueden encontrar referencias a dos grandes autores literarios, muy relacionados con el tema de la culpa: Dostoievsky y Kafka.  Trevor está leyendo El Idiota, novela en la que se habla de un simple de mente que es absorbido en una trama de culpas que lo tienen injustamente en el centro.  Trevor se da un viaje en  el “Paseo 666”, la típica “casa de los horrores” de toda feria, y en este paseo se cruza con un cartel que dice Crimen y Castigo.  Esta famosa novela de Dostoievsky tiene como protagonista a Raskolnikov, personaje que intenta justificar un absurdo asesinato que cometió, pero que termina entregándose para buscar la redención.  Por último hay que recordar que la novela  El Doble del mismo autor habla del fenómeno doppelganger, el mito de la existencia de un doble nuestro en algún lugar.  Dostoievsky usa este mito como una manifestación psicopática de la culpabilidad: imaginamos un otro que tiene nuestras peores características, y le atribuímos a él todos nuestros errores.  Si ese otro no existiera, nosotros seríamos buenos.

 

Trevor Reznik también leyó El Castillo de  Kafka.  Esta novela está en el fondo de la vitrina de su baño, detrás del espejo en el que mira su fantasmagórica delgadez, y se pregunta con insistencia: "¿Quién soy?".   El tema general de esta novela es el absurdo, el sinsentido de la existencia, la irrealidad de la vida  la búsqueda desesperada por respuestas que nunca llegan. 

 

La ambientación del filme es extremadamente opresiva: paisajes desolados en los que hay pocas cosas: grandes instalaciones industriales, profusión de líneas rectas, volúmenes enormes, de colores monótonos entre el sepia y el gris, podría decirse que son superficies duras, inhumanas; ubicadas en grandes espacios, desguarecidos, abandonados.  En ellos, los humanos se ven desvalidos, como arrojados sin protección.  El cielo siempre amenazante, con nubes de tormenta y fosforescencias de relámpagos.  Un trabajo fenomenal en la escogencia del sitio porque te “coloca” en el ambiente psicológico y moral del filme y se transforma en un significante más (Dato interesante: se supone que la historia transcurre en Los Ángeles, pero fue filmada en Barcelona.  La escogencia de lugares sin identidad específica, que existen en cualquier ciudad, es un trabajo admirable).

 

En última instancia, y aunque con la emoción de un filme magnífico aquí les haya dado lata con mil conexiones, buscando el tuétano de la cuestión, el argumento es bastante simple:

 

El infierno es ignorar la culpa.

Un poco de culpa ayuda (El Maquinista)

Un poco de culpa ayuda (El Maquinista)

 

En El Maquinista (2004), una película de Brad Anderson, en la que Christian Bale interpreta a Trevor Reznik, un personaje atormentado por la culpa.  

Pueden pensarse diversas razones por las que nos negamos a asumir nuestras culpas.  Todas implican invertir un gasto de energía mental en una especie de "justificación" mental que alivia la carga.

Unas veces porque creemos que el mal que hicimos es la consecuencia de un pequeño error, y que no puede culpársenos por ello.   Manejar después de unas copitas es un pequeño error, comparado con atropellar a alguien.   Según esta perspectiva sería injusto que nos culparan de lo segundo, cuando nuestro error fue lo primero.  Que exista una relación causal entre lo primero y lo segundo no es “justificable”.

En otras ocasiones consideramos inútil el castigo que de seguro cambiará para siempre nuestras vidas.  Nada puede compensar un error cometido.  Según esta manera de ver el asunto, existe una inconmensurabilidad entre el crimen y el castigo.  No existe relación entre ellos y por tanto ningún castigo podrá reparar el daño que se hizo.

También ocurre que tenemos miedo de que nadie nos crea.  Es posible que incluso no tengamos la culpa de lo que pasó, que hayamos sido sólo un elemento más dentro de la causalidad que produjo el hecho culpable, pero las circunstancias apunten directamente en nuestra contra, más allá del alcance real de nuestra responsabilidad.

Quizás la peor de estas jusficaciones, como también la más sincera, es aquella disposición de ideas fijas que nos lleva a determinar que no tenemos por qué asumir nuestra responsabilidad en lo que pasó, que poseemos una especie de superioridad moral.  No nos da la gana, nos rehusamos a justificarnos delante de quien sea.  No queremos pagar, no queremos hacer la tarea, no queremos quedar bien.  

Una de estas posturas, o quizas una combinación de ellas es la que lleva al personaje principal de este film a no aceptar su culpa.  La lucha entre la negación más absoluta y la necesidad de recuperar la “tranquilidad de conciencia” producen en Trevor alucinaciones, que combinadas con lo que parecen recuerdos, descosidos y caóticos, hacen que su personaje parezca estar despertando en todo momento de una pesadilla terrible.   

De hecho, uno de los “trailers” de la película reza: ¿cómo despiertas de una pesadilla cuando no estás dormido?

La próxima semana continuaremos nuestros comentarios sobre esta magnífica película, y trataremos de exponer la riqueza de sus relaciones con las obras de Dostoievsky y Kafka, alrededor del problema de la culpa.

 

Alfil en francés se dice loco.

Alfil en francés se dice loco.

Soy coherente conmigo mismo.

 

Mi único proyecto soy yo, y el mejor YO que he conocido es este de ahorita, que tiene mucho poder.

 

Si creen que estoy errático ustedes son los errados.  Yo sé a lo que voy.

 

El ajedrez es un juego de reyes, y yo soy un jugador de ajedrez que aprovecha la distracción de su enemigo para mover varias piezas de una vez. 

 

El contendor se dice: “Este esta loco.  Cree que no lo vi”.  Me grita y me obliga a retroceder, pero ya no sabe como iba la partida.  Ya no recuerda donde estaban mis piezas y las suyas.  Ya ha olvidado sus propios planes y objetivos.

 

En medio de la confusión siempre gano yo.  Muevo un peón con la mano derecha, una torre con la izquierda y la reina con el codo: giras escandalosas, decretos ilegales, compras inconvenientes, declaraciones destempladas, planes alucinados, trascendencias faraónicas, guerras imaginarias, sueños hegemónicos.  Mi pieza favorita es el alfil, cuyo movimieto es oblicuo, indirecto.  El enemigo nunca ve estas líneas de flujo diagonal.

Millones de gestos para disimular la verdadera finalidad:  Seguir siendo el rey. 

Además, recuerden que el tablero es mío y estoy en mi casa.  Cuando me provoque reviento el juego contra el piso.

Así que hagan un esfuerzo por respetar.

(Se que voy bien, se que voy bien, se que voy bien, se que voy bien).

El Gran Ajedrecista

El Gran Ajedrecista

"Jaque" bautizaron la operación de rescate que involucró a Ingrid Betancourt, la famosa rehén colombo-francesa.

Como en una buena partida de ajedrez, una del nivel más alto posible, todo salió con un nivel de planificación estratégica asombrosa.

Asombrosa porque involucra poder predecir la emoción humana.  No sólo los eventos con sus infinitas combinaciones, no solo las acciones con sus diversas maneras de acaecer, algunas veces para dejar todo igual o haciendo retroceder lo ganado.  Había que predecir como reaccionarían anímicamente los involucrados, por cual de sus pasiones se dejarían llevar.

El nivel de análisis de esta partida en la selva era como jugar en varios tableros al mismo tiempo: el de la zona de secuestrados era el principal, pero dependía de otros tableros en la zona del Secretariado, en la zona de negociaciones internacionales.  En cada una de ellas debían hacerse las jugadas precisas para que, varios movimientos después, se consiguiera la posición adecuada para penetrar hacia la zona del Rey, la zona de poder.

La jugada fundamental fue, como siempre una jugada que ocultaba muy bien sus fines, una jugada que parecía banal. 

Pero implicaba acariciar el ego de una persona, sobándole la autoestima.  Es quizás el truco más viejo del mundo: decirle a alguien lo importante que es, lo sabio, apuesto o necesario que es para el mundo entero.    Adular requiere de práctica y sutileza, mirar el rostro del que lo recibe para leer las ondas sucesivas de su ablandamiento.  Y después: "Jaque"

El jaque puede ser una amenaza vana en un aprendiz.  Pero un experto sólo usa el jaque para obligar al otro a mover lo que uno o donde uno lo desea.  Estando en jaque es la única circunstancia en la que uno sólo tiene una opción: mover el Rey o protegerlo, quitarse de en medio, utilizar recursos que tenías guardados para otros fines, claudicar un poquito, anunciando quizás la futura caída.

El "jaque mate", la última jugada, no implica la muerte del Rey.  Otro elemento hermoso de este juego. Es solo la imposibilidad de quitarse de encima la amenaza sobre su integridad.  Ya no puedes cubrirte, ni ocultarte, ni desplazarte, siempre estás amenazado. 

Y es cuando debes retirarte. 

¿Engañado?

¿Engañado?

Muchos dicen que vivo engañado. 

Dicen que los que están a mi alrededor no me cuentan la verdad sobre lo que pasa en el país. 

Según esta teoría ellos me muestran solo los éxitos, y me esconden los fracasos.  No me cuentan quién robó o si están robando. No me hacen llegar las quejas de la gente, no comentan conmigo lo que dicen los expertos de variada pezuña que siempre andan por ahí prediciendo el descalabro total de mi gobierno y el desmoronamiento total del país.

Claro la debilidad de esta teoría es que supone que yo nunca abro un periódico o prendo la televisión.

Ahí también habla el país.

Pero con todo, apunta hacia algo cierto: no vemos el mismo país.

Primero, porque desde donde estoy parado veo ciertas cosas y dejo de ver otras, porque no quiero o porque no puedo verlas.

Y segundo porque yo sueño, idealizo e imagino uno país.

Sencillamente porque es mi deber, no por nada especial.

Como es usual, no soy inocente pero tengo la culpa.